enero 02, 2018

POESÍA QUE INCOMODA

Luis Pereira Severo

Una poeta que niega su condición de tal. Narradora y reciente dramaturga (con Volver la noche obtuvo el premio Lussich de la Intendencia de Maldonado en 2017, y con Cuatro mujeres de campo el tercer premio en dramaturgia inédita del MEC), creadora de universos urbanos de borde, que respiran una clase de contemporaneidad anclada en los mundos del río de la plata de otras décadas, en personajes e historias anónimas, ese carácter de no poeta es desmentido en la práctica.
El que escribe es un privilegiado: tengo entre mis carpetas textos de Cecilia que comprueban su tránsito por el oficio.


Compartimos con Cecilia, a modo de personajes de entre siglos - de relatos que caen provocando estrépito -, la pertenencia a aquella Generación del Mincho, que se ocupaba de inventar revistas y espacios de encuentro en los ya afortunadamente lejanos años de la dictadura. Con Cecilia, Pancho Lussich, Raul Ferreiro, Alejandro Michelena, Elder Silva, Enrique Martinez Larrachea, Rodolfo Levín, Adolfo Bertoni, otros, compartimos la redacción de Cuadernos de Granaldea, en los primeros ochenta.
Y con Cecilia nos encontramos nuevamente, como siempre a lo largo de todos estos años, en 2015 cuando comenzamos a rediseñar este proyecto editorial, civiles iletrados.
La autora de Crecida revela en este libro oficio, precisión en el manejo del lenguaje, cuidado, y demuestra ser dueña de un oído afinado a la hora de construir la escritura, sus ritmos, sus melodías, sus cadenas significantes, sus diálogos internos, sus espacios, pausas y sonidos.
Crecida visita el posible universo de la infancia de la autora para traernos al presente el hoy mismo de la creciente, de los inundados. A modo de relato poético y fiel a los mejores ejemplos en el campo, el texto trasciende al momento histórico que ofició como disparador. El corte del verso, el ritmo, es instrumento de la poesía, y el detalle, lo descriptivo, la morosidad de la descripción construyen el relato: esa melange de relato y poesía que desafía el statu quo de los géneros. “Hule de algún mantel, papelitos de estraza / cajas de remedio, hojas de yerba, palillos / plumas de gallina puños de camisa, semillas”: la enumeración construye el poema, la materialidad del mismo adquiere en el texto una dimensión diferente a la de esos materiales tomados por separado. La escritora es la alquimista, la que hierve nuevas pócimas. “jugadas de quiniela, cuerdas de guitarra / cáscaras de papa, hojas de afeitar, un zapato”, las palabras poco prestigiosas ingresado al universo de la poesía.
Poesía que, tomando la caracterización de Denise Levertov respecto al verso libre, “incorpora y revela el proceso de pensar/sentir, sentir/pensar” y “al hacerlo explora (…) la experiencia humana de un modo (…) valioso a la vez como testimonio humano y como experiencia estética”. [1]
En esto la autora dialoga con una línea investigativa contemporánea: la de mucha poesía que apoyada en la poesía social de mediados del siglo XX se desentiende de todos modos de su transcendencia, del deber ser, y asume el comienzo de  la fiesta. Pienso en los beatnik norteamericanos, pero también en Carver, o en Martín Gambarotta o Zelarayán de Argentina, en Elder o Víctor Cunha entre los nuestros.
Pero esto sumado al cuidado con el espacio sonoro, la precisión del lenguaje, en la que la autora abreva y se encuentra con Macedo o con el Salvador Puig de Apalabrar, y más acá entre los contemporáneos con el Retahíla de Aldo Mazzuchelli.
Son tiempos híbridos estos y es híbrida, o mejor, producto de la hibridación, la poesía de Cecilia. Borronea las fronteras de los géneros…, cada línea de cada poema es una estocada, un golpe que encuentra su destino. Cada verso resulta inquietante, desacomoda lo hasta ahora acomodado.  “¿Agua de cuáles arroyos, qué cañadas? / Nunca de ellos se habló, nadie supo dónde estaban”.   
Por momentos urbana y milonguera: “fatal como el desencanto, eterna cual cicatriz”, la destreza en el manejo del lenguaje y las varias capas de la escritura, simultáneas, quedan en evidencia por ejemplo acá: “el problema es grande cuando el agua corre / imparable arremete acosa arranca / desguaza abate desarma, anula…”
La crecida de Cecilia no es un relato sufrido, no es una autovictimización, no es – solamente - denuncia social: el horizonte del libro está dado por la riqueza del friso relatado, el universo de múltiples colores que pone en evidencia la creciente. El del “Nosotros- no- somos- de- aquí,” el de “La delgada muchacha vendida a los catorce / con su dueño y el carro de sus hijitos / el estanciero que azotaba niños negros / el adorado por su madrecita / el mejor de la clase, la mediocre, el vivo, la feliz / quien inventaba chistes o cantaba boleros.” Hay un paisaje social de pobreza y de exclusión – de exclusiones - visitado por la poesía, digno de poesía, pero a la vez narrado sin estrépitos, sin grandes consignas o promesas, sin salvaciones prometidas. Lo que no significa neutralidad sin embargo: la autora sabe que la mejor revolución no está necesariamente en lo que a simple vista se percibe como tal.  Y que el compromiso del escritor es antes que nada, volvamos por un segundo a discusiones ya pretéritas, con la escritura misma.
Es un paisaje humano narrado con precisión, un paisaje hasta ahora oculto, ajeno a cierta literatura bocalicona de tierra adentro, distante de los facilismos, otra vez: híbrida.
Crecida de pueblo chico, el ojo de la cámara se detiene en sus personajes,
“Hijos del pueblo, hermanos en el río / compañeros de escuela esquina estadio /
cantor de peña, el criado en el asilo / campeón de futbolito, un corredor veloz /
bailarín de malambo cumbia rockanroll”…
Oculta entre la historia principal coexisten como en cualquier lado historias de otros rangos: en este caso la violencia, el ejercicio de la violencia ejercida, aprendida, impune, y el silencio de los demás (personajes) que bajan la mirada.
En medio de una poesía uruguaya a nuestro juicio con pocas novedades, que prosigue su curso atrapada entre los discípulos de tercera generación del neo barroco argentino de los ochenta y el elogio a la dificultad propiciado por ciertas universidades yanquis, la poesía de Cecilia Ríos es toda una novedad. Lejos de la impostación, de la afectación, escoge una vez más el mundo de los pequeños, de los solitarios, de los no poderosos para contarnos que la poesía sí tiene cosas para decir en este cambalache de inicios de siglo. Bienvenida esta poesía que no nos deja seguir con el programa de la tele  o con el me gusta diario de Facebook.



(Versión corregida por el autor de texto presentación de Crecida, Feria del Libro de Maldonado 19/10/2017).





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