septiembre 28, 2017

civiles iletrados en las siguientes librerías

MONTEVIDEO


El Aleph, Librería Anticuario
Bartolomé Mitre 1356/58 casi Peatonal Sarandí

El Inmortal
Tristán Narvaja 1533

Escaramuza
Pablo de María 1185

La Lupa
Peatonal Bacacay 1318 bis

Lautréamont
Maldonado 2045 A

Libros De La Arena
Benito Blanco 962

Linardi y Risso
Juan Carlos Gómez entre 25 de mayo y Rincón

Moebius Libros | Espacio Barbeito
Pérez Castellano 1432 esquina 25 de Mayo

Parisson
Colonia 1822

Purpúrea
Plaza del Entrevero

Rayuela
Tristán Narvaja 1535

Retta Libros
Paysandú 1838



PUNTA DEL ESTE

El Virrey
Calle 30 y Gorlero



septiembre 15, 2017

La poesía mueve el orden de las cosas

En el prólogo al libro Pensamientos, palabras y música de Schopenhauer, Dionisio Garzón expresa acerca de la escritura: “Se trata de la plasmación de una vivencia subjetiva, singular, vivida solo por el individuo en su interior, en algo externo, objetivo, universal que puede ser participado por todos los demás.”


Inicio la presentación de Crecida con estas palabras porque entiendo que eso eslo que este libro nos propone: asistir a los efectos de una inundación desde la mirada subjetiva de un yo que trasciende su singularidad para darnos cabida a su experiencia.
Aquí la vivencia subjetiva de la crecida se nos muestra a los lectores de manera tal que asistimos a la inundación. Somos parte de ella, también nos arrastra en su furioso trayecto, nos envuelve y nos hace elaborar, a partir de la experiencia del yo que enuncia, nuestra propia experiencia subjetiva. Porque la crecida es una mostración, no una demostración. Se nos presenta no como fenómeno natural, digno de un estudio científico, sino como fenómeno poético.

Poesía que surge, como el agua, en una sinfonía que comienza lentamente:la inundación repta por el camino del río y que va tomando fuerza a medida que el libro y la corriente avanzan, hasta retroceder en su retirada final. Pero queda la resaca del aguacomo huella imborrable en la experiencia estética del lector.
Poesía como música que avanza hasta llegar a su clímax para luego descender en retirada, pero que a lo largo de ese camino va generando el caos, la confusión, el dislocamiento del orden natural de las cosas: Peces boca arriba, La corteza ensanchada, húmeda y blanda, Hule de algún mantel, puños de camisa. Todo, ya sea en la naturaleza como en el orden de los objetos cotidianos, queda desarticulado, fuera del lugar en el que debería estar. Es que como el agua, que aquí todo lo desordena, la poesía mueve el orden de las cosas, rarifica lo conocido para sacar a la superficie Lo escondido expuesto, lo obvio secreto.

Las palabras no entienden lo que pasa, decía Salvador Puig. En Crecida el yo tampoco entiende lo que pasa y así surgen las preguntas  ¿Por qué la crecida? ¿Cómo apareció en la calle? para llegar a la conclusión: Entre efecto y causa un abismo de ignorancia.
La crecida genera un abismo de ignorancia porque no hay respuesta lógica ni razón que la explique, como la poesía. Ante los hechos solo cabe preguntarse ¿Por qué? para hundirse, junto con todas las cosas, en el agua que también arrastra toda explicación posible. Y así, desde ese abismo de ignorancia, emerge el poema. Aparecen las cosas, hasta ahora, desconocidas: ¿Agua de cuáles arroyos, qué cañadas?/Nunca de ellos se habló, nadie supo dónde estaban. Solo la mirada poética alcanza a vislumbrar ese universo desconocido que ahora se hace visible con la fuerza arrolladora del agua. De esa corriente furiosa que imparable arremete acosa arranca/ desguaza abate desarma, anula.
Si las palabras no entienden lo que pasa, sí son capaces de acompañar eso que no se entiende para echar luz, no sobre la razón, sino sobre la intuición. El ritmo de los versos acompaña el ritmo de la crecida. Hay un ensamble de la palabra con la cosa, con la situación, con los hechos que se suceden en lo objetivo y en lo subjetivo. De esta manera el yo elabora el poema del mismo modo que el agua elabora la crecida, a través del uso de imágenes sensoriales, como  único modo de explicación, y del ritmo de los poemas, la inundación avasallante nos va cercando y arrastrando a nosotros también hacia su centro feroz: todo junto, cercado y acercado por el agua dice el texto. Y los lectores también estamos allí, no como meros espectadores sino también como protagonistas. Todos dejaban sus asuntos al atardecer/ para mirar oler explicar conocer la crecida. Mirar y oler como modo de conocimiento desde lo sensorial, no hay otra manera de aprehender el desastre misterioso del desborde. Desborde que no deja nada a su paso, nada se salva, nadie se salva: El miedo acosa a pobres y ricos. Como expresa Manrique en las Coplas por la muerte de su padre: …y llegados, son iguales
los que viven por sus manos y los ricos.
El poder igualador de la muerte en el poeta español, y el poder igualador de la crecida en nuestra poeta uruguaya Cecilia Ríos. Con la diferencia de  que aquí los personajes son individualizados, no se los engloba solamente en las categorías generales  de ricos o pobres. Aquí se los muestra en sus particularidades lo que los hace únicos y universales a la vez. Y además  en esta presentación de cada uno no deja de haber, en ciertos momentos, una carga de denuncia social: La delgada muchacha vendida a los catorce, el estanciero que azotaba niños negros. Nadie está a salvo, casi como si la crecida llegara para hacer justicia con unos y agudizar el dolor en otros. La única certeza es que ninguno se salva por más intentos que haga: Uno reza a las nubes, la virgen, su dios/ otro blasfema maldice llora y promete. Es que ese Golpe que arrancó la paz al sueño no tiene modo de frenarse mediante ningún mecanismo humano ni sobrehumano. Acá la furia del agua no es producto de un dios ofuscado que envía un diluvio para limpiar el mundo, no. Acá la furia del agua es la furia del agua es el orgullo de asesino proeza atroz. tan absurdo y tan terrible como eso. Es la crecida y solamente la crecida, inexplicable e imparable que solo se detendrá cuando ella lo disponga. A la poeta solo le es posible mirar y mostrar. A los lectores solo nos cabe ver y acompañar esa corriente que nos envuelve. Somos uno más en ese torbellino de agua enloquecida, tampoco estamos a salvo,  el poema nos incluye, no hay modo de no ser partícipes, porque este es un libro de poesía y como tal nos permite ver en los intersticios de los versos,  allí donde en apariencia no se dice y sin embargo todo está dicho.
Como las hendiduras que deja el agua, así las grietas del poema dejan una transfigurada desmesura, invasiva, irresistible/ fatal como el desencanto, eterna cual cicatriz/ incrustada en la vida como dolor de abandono/ impiadosa arena piedras monte lugar llamado río.
No salimos indiferentes después de la lectura, después de la acometida del poema que como un río nos lleva consigo para mostrarnos su poder destructor. Somos los papelitos de estraza, las cajas de remedios, las jugadas de quiniela, cuerdas de guitarras, que arrastró la inundación, todos mezclados bajo el manto gris de la crecida.

Todo desastre natural tiene su fin, como los libros de poesía, aparentemente, también lo tienen. Pero quedan los ecos, quedan las huellas y las cicatrices. ¿Se sale ileso de la lectura? Probablemente no, pero no salir ileso no es aquí sinónimo de  daño irreparable, porque hay una marca que deja el agua-poema para que desde  allí recomience la vida, para que resurja con más fuerza, tal vez, el mundo,  porque todo brote vital será más intenso después de este manto gris de la crecida del mismo modo que toda mirada al mundo será más intensa después del manto gris de la poesía en el cual nos sumergió este libro  para mostrarnos lo que solo allí se ve.
Las piedras verdecidas recobrarán brillo./ Habrá retoños en el suelo ahogado, y a la sed y a la sequía/ despertarán las hojas los tallos nuevos.
***
Claudia Magliano (a propósito de Crecida, de Cecilia Ríos, presentación en la Biblioteca Nacional, 13.09.2017)







agosto 17, 2017

Crecida, poesía de Cecilia Ríos

La inundación repta por el camino del río
ensanchándolo de una manera oscura y plateada.
Peces boca arriba gusanos lánguidos y sapos
jolgorio de gorriones, moscas, mosquitos, tábanos.
El árbol de moras, sitiado hasta la cintura
sus frágiles frutos agridulces caen
a la madurez de la tarde se hunden en el río.

(Cecilia Ríos, de Crecida)






Sobre "Crecida" dice Claudia Magliano:

"Crecida hace al lector partícipe del "desastre inesperado". Toma por asalto, como el agua toma por asalto todas las cosas cuando se rebela. No se lee un libro que habla sobre el desborde del río, se vive la experiencia de la crecida. El lector es arrastrado por las aguas, asiste al desastre y sus consecuencias. Pero, a pesar de ello, la poesía es la única raíz que resiste al agua. La poesía salva porque hace del dolor y de la furia una experiencia estética que redime; porque se siente "el miedo que nadie nos ha contado", el miedo que no puede narrarse se narra callando o se lo dice en el poema para que el lector pueda revivirlo aunque nunca antes lo haya sentido."


Cecilia Ríos (Montevideo, 1959). 

Autora de “Sigiloso Dinosaurio” (civiles iletrados, 2011). Fue incluída en las antologías "22 mujeres 3", "El papel y el placer 2" (Irrupciones, 2015, 2016), "Mujeres de mucha monta" (Arca, 1992) y "Cuentos de boliche" (Trilce, 1996), entre otros. Fue columnista de poesía en la revista Arte Jardinero, e integró la selección de Zonapoema 2014. Su novela "Si me perdonas" obtuvo mención de honor en el concurso Narradores de la Banda Oriental 2014. "Crecida" obtuvo mención en el concurso Onetti 2016 de la Intendencia de Montevideo. 


abril 27, 2017

Impromptu íntimo



Más de una vez imaginé la casa de Alfredo en São Paulo. No lo hice a partir de datos concretos entrevistos en algunos de sus libros. La armé a mi antojo: es una casa pequeña con ventana a la calle donde encorvándose un poco puede ver a los transeúntes. Descubrí el tono de las paredes, adornos de madera, monedas de dos países y libros apilados frente a una taza ennegrecida. Hay una imagen de Yemanyá sobre la puerta que me recuerda a unos San Jorge descubiertos en el mismo lugar de otras puertas que van a dar a mi infancia. Frente a la taza, Alfredo rumia un poema. Sin Juan, sin Jean, está más solo, y cada vez se siente más lejos también, como si la frontera de Uruguay y Brasil se desplazara en silencio, separando cada vez más un paralelo del otro.
Esa intimidad de puertas adentro, que pocas veces vivimos en los hechos –todos cambiamos cuando estamos delante de otro, sea este un amigo, un amante, un familiar-, es la del Poeta de este libro. Esa mar en medio, el camino entre el que era y el que es. Lo perdido, por un lado, que se recupera en un asalto de los sentidos, nos lleva al lugar y nos vuelve a la taza frente a los libros, pero también lo que no se recupera, lo que está quién sabe dónde, sonando o disonando, en español, en portugués, en una mezcla de ambos idiomas. Cuando pensamos –piedad mediante- en esos hombres y mujeres que pierden la memoria todo es dolor para nosotros. Recuerdo, sin embargo, las palabras de la madre de mi madre que alguna vez me dijo que quería dejar de recordar porque continuamente la asaltaban recuerdos que la llevaban lejos para dejarla de un golpe ahí, delante de otra taza, delante de otra mesa. ¿Para qué tanto recuerdo? Se preguntaba. No hace mucho Alfredo me comentó que su abuela gallega solía decir: Cuando un problema no tiene solución, ya está solucionado.
A la sombra de Garcilaso de la Vega –¿o debería decir a la luz?-, fiel amigo de otro Juan (Boscán), el Poeta de este libro explora plantas –palabras, formas métricas- como el tan montevideano tamarisco, que resiste donde nacen el frío y el calor más extremos mientras camina -como si caminara hacia su calle Marsella, o a la calle Libres de Juan Introini- hacia ese origen de una Montevideo transformada, de un Instituto de Profesores que traen los sueños cada tanto, de amigos, y amores que lo llaman a los gritos y que se desvanecen cuando se detiene a mirarlos: Piel de la noche, diente de leche, polvo que vuela con el viento del mar, condolido de sí mismo por ser quien debe enterrar a sus muertos hasta que sea otro Poeta quien continúe esa carrera de postas que va a dar a la ceniza, pero que mantiene vivas las palabras propias en la boca de los otros: Aquí yace el despojo de un poeta /Nació bajo un eclipse, fue extranjero/ nada os pidió, labró un Edén de ausencia/ y al fin reunió en la aurora a sus espectros.


Horacio Cavallo, en La mar en medio, de Alfredo Fressia, prefacio

febrero 22, 2017

Acerca de La tibieza del río, de Melba Guariglia


El poema moldea significados/talla el centro/cincela uno o dos tópicos/vacila”.
Estos versos pertenecen al poema titulado Poética, poema que desarrolla y amplía el epígrafe inicial del libro “Poesía no soy yo/ es todo el río”. Este epígrafe juega con los versos de Bécquer “Poesía eres tú”, como respuesta al poeta español: no soy yo.
¿Qué es poesía? esta pregunta ha recorrido la historia y nunca, por suerte, desembocó en una respuesta única, acabada.
En el libro que hoy presentamos la poesía es el río que se yergue a lo largo de los textos como símbolo. Un río que, a primera vista, se nos figura manso y cálido, tibio y suave.
Retomando los versos que cité al comienzo surgen (emergen) las preguntas: ¿qué moldea el poema? ¿qué cincela? preguntas a las que el yo responde: “uno o dos tópicos”. Un yo que parece asistir a la creación como espectador. Cuando, en el Génesis, Dios crea la tierra le ordena que haga crecer las plantas. Dios crea y a lo creado le traspasa su poder creador. En un acto de meta creación de la tierra surgirá lo verde.
El poeta chileno Vicente Huidobro decía que el poeta es un pequeño dios. Poesía es el río, es “la onda expansiva de un río invisible” dice en este libro el yo creador que, como el dios bíblico, ha traspasado a su propia creación la posibilidad de crear(se) para luego hacerse a un lado y observar cómo su creación da forma al poema, le da inicio.
En esta poética subyace un modo de entender la poesía como producto de un trabajo de orfebre, clave que se advierte en los verbos tallar, cincelar, moldear. Hay un trabajo de artesano que el poema mismo realiza: “talla el centro”.
Dice Flaubert: “la poesía es solo una manera de percibir los objetos exteriores, un órgano especial que tamiza la materia y que, sin cambiarla, la transfigura.” Esta transfiguración de la que habla el autor francés, está presente aquí, y cito estos versos a modo de ejemplo: “Mar imperfecto/ navegando sin remos/ el solo poema”, también se hace presente en el título mismo La tibieza del río. Se trata de una tibieza que va más allá de lo táctil o lo térmico, es una tibieza que sugiere algo más que la calidez del agua y lo interesante es que no se puede dar una interpretación única a esta sugerencia sino que cada lector hará la suya o las suyas. Lo que sí puede decirse es que esa tibieza transfigura el río, lo hace otro sin que deje de ser río.

Un verso atravesado por la prisa/ de unirse/ al cauce de otra mirada” dice el poema In poética. Se trata del verso-río que se completa, y se contempla, en la otra mirada, la del lector. Si no hay lector, si no hay esa mirada otra, urgente y necesaria, no hay tibieza, no hay río, no hay poema.
Continuando con la lectura, llegamos al poema titulado Propósito donde la sentencia en uno de sus versos “Ya todo está escrito” da paso a las posibles preguntas ¿para qué escribir? ¿para qué decir?. Quizás la respuesta, o una de ellas, esté en el poema Utopía: “Salirse de la página/batirse con otros/ estremecer espacios/ fuera de mí.” La poesía permite al yo ser otros, expandir los límites del ego, y ser con otros. Salirse de uno, desbordarse porque como expresa a modo de confesión el yo en el poema Pánico, existe el “pánico de quedarme ajena”.
Todo el libro, a mi entender, funciona como un arte poética de la que se desprenden claramente dos concepciones: la poesía como un trabajo de artesano y la poesía como canal de comunicación.
En el paralelismo río-poema subyacen varios elementos que unen estos dos términos: la profundidad del río, insondable quizá, como el poema que guarda en sí significados; el río-poema como canal de comunicación, un río que une y separa. El movimiento permanente del agua que no cesa, que siempre va, al igual que el poema que siempre va y de ese modo nunca las múltiples lecturas de un poema son las mismas porque el poema cambia según quien lo lea y en las circunstancias en que es leído, incluso en un mismo lector o lectora el poema puede desplegar nuevos significados en las diferentes lecturas que haga. Porque el poema siempre dice lo mismo y lo otro, su fuente simbólica es inagotable.
No soy igual a mi misma/invito a responder a los dioses/ si existe alguien que nos plagia”: Estos versos expresan ese no-yo que aparece en el libro. Así como el poema y el yo no son iguales a sí mismos, el río tampoco.
Nada, en la poesía, parecería ser igual a sí mismo por aquello que decía Flaubert de que la poesía transfigura, vuelve otra cosa la cosa que es pero sin hacerla dejar de ser. El río nunca deja de ser río y sin embargo, recordando a Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río. Siempre es el mismo-otro en su constante devenir.
La poesía devela otras realidades, acaso terribles “aquellas palabras/le quitaron la venda a la belleza/en aras de la verdad” y eso es parte también de su condición, hay, dice el texto “una consigna feroz de la poesía”. Con lo cual junto a su labor de orfebre y su capacidad comunicativa la poesía también tiene como función revelar una realidad acaso cruel: el peligro que esconde la profundidad del río. Arriba de las aguas es navegable, debajo de las aguas otro universo acecha, el revés del río-poema que descubre significados “el lado oscuro del paraíso” como expresa el poema Identidad. Todo tiene su lado otro invisible “el río está en todo el río” dice el poema que da título al libro. El poema está en todo el poema, la poesía en toda la poesía y eso es todo, allí está todo. Allí “las redes esconden lo que no sabemos”, “la sospecha impalpable/ del destino/ diminuto pez tristemente atrapado”, allí “la serena fosa de la poesía” y el poeta asiste al poema como un lector más. El poeta es otro lector que lee su creación. Dios ve cómo la tierra hace crecer los frutos y contempla su-creación-ajena. La poesía se vuelve un “torrente incontrolable” para el poeta, se escurre de sus manos como un pez: “eres un pez/ verso veloz/ incorregible”, para mudar la piel del yo y no ser de nadie. Allí aparece el deseo del poeta: “ojalá pronto seas otro/ de mano en mano/ cálido/ insurgente/ otra voz (…) la emigración inevitable”. La poesía no tiene dueño, ningún poeta es la poesía.
La poesía nombra también lo que no hay “no hay ninguna puerta/ ninguna casa/ nadie cansado de repetir la clave de acceso”. De este modo el poema al nombrar lo ausente lo hace aparecer, pero el yo creador debe permanecer afuera para que eso suceda: “las palabras se deshacen/ cuando las nombro”. La magia del poema sucede fuera del yo.
Mar imperfecto/ navegando sin remos/ el solo poema” dice el texto Resplandor. Cuando el yo intenta moldear el texto, ese intento se vuelve inútil. Así el poema Lucha libre expresa: “es la inutilidad de la lucha/ sobre la blancura del papel/ en el espacio que no vació la tinta/ y se queja del hueco (…) es perder por abandono”. Escribir es una lucha libre contra lo que no es: “es el fin del trazo sumergido/ no del poema”. Por eso el yo-poeta ha de hacerse a un lado, salirse: “No sé qué decir hoy/ no tengo nada/ desteje mis ficciones/ perdida en el libro del universo”. El poeta se desteje, se deshace al nombrarse, deja de ser para darle paso al río.
“Soy una mujer demorando/ la suerte de ser ella”, “ceguera que traduce a tientas/ el naufragio que me nombra”, “solo soy canto espantado/ inmóvil en el fondo”. Estos versos conducen al poema Nacimiento: “Escribir/ una forma de estar concebida/ romper aguas/ diluvio en el modo de no ser/ y haber sido humano intento (…) escribir/ planta naciente en un cajón abandonado”. Se escribe para ser pero en el acto de la escritura el yo se deshace, se vuelve agua, se vuelve río, recordemos el epígrafe inicial “Poesía no soy yo/ es todo el río”.
La poesía arremete contra el yo “el naufragio que me nombra”, lo expulsa del río que él mismo ha creado. Acaso lo único que salve al poeta sea el lenguaje, las palabras a las cuales se unirá en un acto que lo redima: “entonces/ me acostaré con cualquier palabra/ por amor.”
El yo se fusiona, por amor, con la palabra que ha creado y que a su vez crea el poema que lo nombra y lo desnombra, lo hace y lo deshace, lo ficciona porque yo no es yo, yo es el río que es a su vez la poesía. Poesía tibia y honda, trabajada con mano de orfebre, tallada y cincelada por ese no-yo que es el poeta.


Claudia Magliano