marzo 22, 2019

civiles iletrados en las siguientes librerías

MONTEVIDEO


El Aleph, Librería Anticuario
Bartolomé Mitre 1356/58 casi Peatonal Sarandí

La Lupa
Peatonal Bacacay 1318 bis

Linardi y Risso
Juan Carlos Gómez entre 25 de mayo y Rincón

Purpúrea
Plaza del Entrevero

Rayuela
Tristán Narvaja 1535

Afrodita
Tristán Narvaja 1528

Retta Libros
Paysandú 1838

Escaramuza
Pablo de María 1185

Lautréamont
Maldonado 2045 A

Moebius Libros | Espacio Barbeito
Pérez Castellano 1432 esquina 25 de Mayo

Parisson
Colonia 1822

Libros De La Arena
Benito Blanco 962


PUNTA DEL ESTE

El Virrey
Calle 30 y Gorlero


MALDONADO

Papelería Sarandí
Sarandí 1139



febrero 05, 2019

EN ABRIL RECIBIMOS PROPUESTAS DE PUBLICACIÓN




Abrimos nuestra convocatoria a propuestas de edición para autores uruguayos o residentes en Uruguay, entre el 1º y el 30 de abril de 2019. Los trabajos deben ser remitidos, en un solo archivo, a civilesiletrados@gmail.com, con la debida identificación de sus autores.
Sólo recibiremos originales durante este período.



Recibimos preferentemente originales de poesía, narrativa o dramaturgia. Los trabajos serán puestos a consideración de los lectores de nuestro equipo. En el correr del mes de julio de 2019, enviaremos a cada autor la respuesta sobre la aceptación o no de su original. 



Sólo evaluamos originales en relación a nuestro proyecto editorial. 









En caso de que la decisión sea recomendar la publicación de la obra, ésta ingresará a una segunda etapa de lectura, en la que se producirá un intercambio de opiniones orientadas a la publicación.






octubre 03, 2018

La escritura del desastre, una ontología libertaria



Hay cierta hermandad estilística entre la poesía de Gonzalo Fonseca y Gabriel di Leone. Esa hermandad se podría notar en la fragmentariedad lúdica a partir de un desarticulante manejo de la puntuación que remite a la narrativa del Juan Goytisolo de los sesenta, en el universo referencial que remite -híbridamente- a la criolledad y el pop, así como en la ironía y el humor, aunque ese humor no es el de la carcajada sino el de la sonrisa socarrona y cómplice de quien ya se resignó a la naturaleza absurda de las cosas. Y también de los acontecimientos. Con todo, ese barroquismo beatnik no pierde de vista su condición política, su autoconciencia ligada a una escritura que se muestra más como una especie de totalidad que no es totalizada ni totalizable. Sabe que, en su decir,
no serán piedras alineadas
las palabras que separa y afila
para salir como su antiguo
hermano
desnudo y con hambre
a perseguir
el sentido del mundo
En ese acto de persecución del sentido, la poesía de di Leone declara “desalineadamente” que siempre habrá elementos que no podrán ser articulados. Más aún: sabe y explicita que toda estructura discursiva, en cuanto reflejo de la estructura social, es abierta, contingente, no suturada, allí donde ya
no importa el color de la kriptonita
ni mi velocidad en el túnel del tiempo
la historia habla de otras cosas
bien sé: Lex Luthor es un niño de pureza
ante otros reales cabezapeladas

Pero la historia de Lex Luthor es, en definitiva, una representación idónea del derrumbamiento -cuando no de arruinamiento- del mundo. Desde el momento mismo que la historia soporta un vaciamiento de significado, descubrimos que ya no se la hace: hay hechos y, luego, versión de los hechos. Queda en di Leone, queda en nosotros, buscar otro horizonte de expectativas que logre revertir esa ruptura de los lazos con el tiempo transcurrido entre
estrellas
de rumbo y de metáfora

entre

fenómenos siderales terrestres
signos y sinos pero
yo no soy
astrólogo astrónomo astronauta
soy albañil
soy albañil


La construcción de ese sentido que se busca desde la desalineación de las palabras, desde la desalineación de los planetas o de los astros, el albañilear esa escritura del desastre, será la indecencia que di Leone llevará a cabo. Armar un nuevo relato explicativo de lo existente frente al no relato actual, quizá el más opresivo de todos los relatos, no es más que una manifestación de una ontología libertaria, anarca. Y como todo anarquismo, el accionar de “La edad de la indecencia” se conjuga al imperfecto.



(Martín Palacio Gamboa)

julio 26, 2018

La edad de la indecencia, de Gabriel Di Leone


::INVITACIÓN

Presentación de
La edad de la indecencia de
Gabriel Di Leone



Presentación a cargo de
Luis Pereira Severo
Martes 31 de Julio  /   Hora 19:00

Espacio Cultural Miguel Angel

Ledesma y Acuña de Figueroa

AMEC Maldonado





Desde la tradición literaria al verso libre, lo paródico, la ironía y el humor, el poeta escapa a los paradigmas. Su obra toma distancia de toda opacidad o elogio a la dificultad y construye un canal de proximidad con el lector. Cierto desenfado, la inclusión del paisaje en bruto, sin afeites, eludiendo el exceso de juegos verbales endogámicos, aliviada la mochila de decálogos y catecismos. La escritura de Di Leone va en busca de la complicidad del lector.
Una recorrida en bus turístico por el Punta del Este de la fama rápida, de lo
efímero, pero sostenido por la vida y muerte de seres humanos ordinarios,
aún vulgares, que en sus vidas y amores proletarios sostienen el espectáculo. Si el tema de la poesía sigue siendo la maravilla la estrategia de Di Leone es ir en busca de ella en los sitios menos privilegiados. Territorios hasta ahora invisibles obtienen existencia en su literatura. La poesía de Gabriel contribuye a fundar un paisaje literario.


Gabriel Di Leone (Minas, 1951)

 

Escritor y profesor de letras. Reside en Maldonado desde 1982. Su obra poética comprende 27 de Möebius y la Capitana (Mención de Honor poesía édita MEC 1995, Eladio Linacero Editor, 1994), e Incendio Intencional (Mención de Honor poesía inédita IMM 1996, civiles iletrados, 1997). Sus últimas publicaciones son El Rescate de la Bataraza (Trópico Sur Editor, 2014) y Pa’ Voltear al Gigante (Trópico Sur Editor, 2015). Participó como antologador y antologado en La Ballena de Papel – Antología de Poesía de Maldonado 1985-2017 (civiles iletrados, 2017). Integra los volúmenes colectivos Escritos de la Cárcel (1985) y Trincheras de papel: dictadura y literatura carcelaria en Uruguay (2007). Entre 2005 y 2015 fue Director de Patrimonio de la Intendencia de Maldonado.



mayo 23, 2018

“Climas”, de Augusto Coronel Odizzio

Este relato (del cual aquí se expone un fragmento) forma parte de “Climas”, que se publicará próximamente a través de la editorial Civiles Iletrados.
La obra obtuvo el segundo premio en la primera edición del Premio Nacional de Narrativa Antonio Lussich, de alcance nacional, convocado por la Intendencia Departamental de Maldonado. El jurado (compuesto por Mercedes Estramil, Damián González Bertolino y Andrés Ricciardulli) deliberó sobre “Climas” lo siguiente:
“Segundo Premio: «Climas», seudónimo Barco. Porque logra a través de una prosa precisa y elocuente, dar vida a una serie de personajes absolutamente creíbles que le permiten denunciar un mundo hostil y deshumanizado, donde la violencia es siempre el primer y único recurso”.



FRAGMENTO:

El hombre del Gregson ́s


Camino como fiera en jaula por el espacio quieto y reducido del cuarto. A través de la ventana veo un pedazo de campo que han ido contaminando con cemento, pero que ahora, suspendido en una vasta bruma, se muestra impoluto, como si no fuera el borde de un pueblo metido en el sur del país. Cierro los ojos y me obligo a la calma. De golpe, entre la oscuridad, irrumpen invasivas nociones viejas, lejanas impresiones; son gérmenes de recuerdos y pujan para instalarse a prepo. Abro los ojos ahora puestos en la puerta y entonces me suelto, me arranco del cuarto y le pongo el cuerpo al exterior.
Afuera el viento le saca garúa a la cerrazón, y en el cielo turbio se ven empañadas pátinas de luz solar menguando hacia la negrura nocturna que baja silente. Apuro el paso al bar, aunque por momentos me tranco, como queriendo volver; pasa que el campo, ahora que lo atravieso, ya no es lo mismo que yo miraba por la ventana. Las sierras, estáticas y lejanas, fingen inalcanzable omnipotencia, pero si uno anda un rato las alcanza, las sube y se para en ellas y todo se ve chiquito y quieto desde la altura; y si la vista está dispuesta y atenta, se puede ver el movimiento lento de todas las cosas imprimiendo en ese encuadre amplio su presencia. Y cuando uno baja, cuando uno regresa al plano típico, todo vuelve a ser lo mismo: una chata devolución de hastío.
Ya más cerca del bar, luego de la curva del barranco, dejo a la alameda con su arroyo a mis espaldas. Veo, en el camino y entre la penumbra, a un caballo viejo resoplar, parece estar exhalando sus ganas de morir. Y pienso que ponerle un balazo entre los ojos sería un recio acto de piedad, un favor para devolverlo a la nada. El olor asqueroso que viene de la fábrica me atufa al principio, en su primera oleada, pero enseguida es anulado; es que las nociones invasivas con sus pretensiones de recuerdo empiezan a afectar lo sensorial en mí. Entonces pienso en Doris, que habla siempre como acariciando, puede que ande hoy en el bar, comprensiva y dócil.
Aterrizo en el bar. Saludo y me acomodo en la barra.
— ¿Y, Ruso?, ¿todo bien? —le digo al dueño.
—Bah. Ahí voy, llevándola —me responde huraño.
—Me alegro. Hoy dame uno potente, ¿sí?—y me sirve un farol de Gregson ́s.
A veces con El Ruso, cuando no queda casi nadie en el boliche, nos mareamos en el abuso etílico y a él le entra lo brusco, pero también se pone melancólico. Estando borracho, tambaleando su cuerpo grueso y de metro noventa, me ha dicho qué fue lo
que lo arrancó de su país y cómo vino a parar acá; también me ha hablado de su pueblo y de su familia y de sus deudas de juego, siempre clavándome los dos bochones azules en mis ojos, como convidándome su tristeza. Supongo que gracias a él y a Doris y al bar, yo puedo apretar un poco la miseria y ejercer, plácido, mi soledad.
Doris está en el fondo poniendo una ficha en la rocola. Empieza la canción y mueve lento el culo que le tiembla apenitas bajo el vestido, hipnotizando a un fulano que de seguro hace rato viene enroscando. Al fulano se le ve la cara gorda y colorada, y un caminar tosco que lo lleva del sillón a la barra y lo vuelve a llevar al sillón. Casi ni saca la mirada de ese culo que sigue como péndulo de carne y le agita el aliento. Se la va a llevar. Doris, siempre que está trabajando, se pone conmigo más distante, hace de cuenta que no me conoce, pero de vez en cuando me sonríe, o sacude rapidito los dedos en un saludo.
Le busco la boca al Ruso. Hablamos un rato de boxeo. También repetimos un cuento que los dos siempre imaginamos: si se permitiese el cruce entre categorías, luego de ganar cada uno todos los cinturones de su respectivo peso y defenderlos decenas de veces, entonces él como pesado y yo como mediano, daríamos un espectáculo de oro. Claro está que existen más limitaciones en esa historia, pero uno no las tiene en cuenta cuando se ve a sí mismo peleando en el epicentro de un ring imaginario, rodeado de un público efervescente y sediento. Interrumpe la charla, que venía entretenida, y me dice que tiene que reponer la heladera con cerveza y se va, anda raro, pero no me importa. Yo disfruto del calor de allí dentro, el no estar solo en casa por un rato me amansa un poco. Como El Ruso no quiere seguir hablando, y Doris está en lo suyo y tampoco ando con ganas de circular mucho, me meto y encaro a las impresiones (ahora que el contexto es otro, siento que puedo hacerlo) que se han ido puliendo solas en recuerdos, y les saco imágenes y olores. Me veo niño, corriendo hacia un abrazo de mi padre. Recuerdo cómo hacía meses que no lo veía. Pero el abrazo dura mucho menos de lo que yo pretendo, y él enseguida se mete en el cuarto con una mujer muy joven que tiene un ojo negro y le pega una palmada y me guiña un ojo. Se me aparece un olor pegajoso a sudor y tierra meada, y ahora ha pasado poco tiempo, porque sigo siendo niño, y él me dice que se va a ir lo más lejos posible, que tiene que escapar, que lo andan buscando, y en la siguiente imagen lo veo toser áspero en la claridad de una mañana fría, estacado en la cubierta principal de un barco. Lo saludo, me mira, lloro, me da la espalda y se mete en la nave.
El Ruso ni me pregunta, pasa y me sirve otro farol, arrima un puñado de maní pelado socado en sal y sigue en lo suyo. En el fondo ya no están ni el hombre ni Doris, me alegro por ella, necesita la plata y sé que no hay otra cosa que sepa hacer mejor.
Elijo irme, las impresiones que se pulieron en recuerdos ya no están, se ve que solo querían remarcar su existencia; pero hay una excepción: una impresión transmutó en algo más que en un recuerdo, parece una premonición, porque no la ubico en los registros y la percibo nueva. Contiene al Ruso hecho una cosa horrenda, grotesca, antinatural; sé qué es él, así lo identifico en este presagio extraño que parece metido de afuera por vaya a saber qué. Me veo peleando con la bestia, midiéndome a muerte; y me reconozco diferente, mi cuerpo es el mismo, pero adentro estoy podrido, drenado. Enfrentados los dos, estamos en otro lugar y hace mucho calor y la sequía es demencial, y la tormenta no llega más.
“Climas”, de Augusto Coronel Odizzio, segundo premio en la
primera edición del Premio de Narrativa Antonio Lussich
convocado por la Intendencia Departamental de
Maldonado.
Augusto Coronel Odizzio (Maldonado, 1989).

enero 16, 2018

Alguien que prometió una casa (y) leer juntas todos los libros

Marisa Silva Schultze

Quiero contarles algo antes de empezar a hablar del libro de Claudia Magliano El corazón de las ciruelas.
Para mí ha sido muy gratificante que Claudia me propusiera presentar su libro. Presentar un libro es estar en el momento mismo en que sale hacia los otros aquello que fue escrito en los momentos de mayor intimidad. Presentar un libro es ser testigo de ese momento tan contradictorio. Los escritores queremos y deseamos este momento en que empieza la intemperie, este instante en que las palabras empiezan a rodar entre los otros y, al mismo tiempo, tememos esta intemperie, nos provoca cierto abismo que nuestras entrañables palabras anden por el mundo sin nosotras. Es un momento muy especial y me gusta ser testigo de esto.


Me sucedió que al sumergirme en El corazón de las ciruelas se suscitaron en mí un conjunto de pensamientos que quiero contarles antes de hablarles algunas cosas sobre el libro. Me preguntaba qué significa leer un libro de poesía en estos tiempos, en esta segunda década del siglo XXI. Pensaba: leer un libro de poesía es un gesto trasgresor, subversivo. Es que un libro de poesía no entretiene, leyéndolo no se puede consumir anécdotas; un libro de poesía no se acomoda a la lógica binaria de me gusta o no me gusta, no hay, tampoco,  enigma que una pueda perseguir página a página. En un libro de poesía no hay evento, esta palabra mágica que resume tantas cosas del presente. Leer un libro de poesía requiere de un silencio casi imposible, de una atmósfera y una intimidad que, en esta sociedad,  se construye solo a contramano. Leer un libro de poesía requiere, me parece a mí, de varias lecturas y transitar por algo dos o tres veces es lo opuesto al modo nómade y “picoteador” con que, en general, construimos nuestra vida cotidiana.
 Leer un libro de poesía, pensaba mientras leía una y otra vez  el Corazón de las ciruelas, requiere de una muy revolucionaria lentitud. Y no es una lentitud para entender racionalmente todo lo que escribe el poeta. Es una lentitud para disfrutar, para dejarse sorprender por la maravilla de una manera de decir, de un modo de unir dos cosas que nunca vimos unidas. Es una lentitud para dejarse arrastrar por la imaginación poética, para dejarse envolver en una atmósfera, para dejarse sumergir en  los ecos que esas palabras nos provocan a cada uno.
Leer un libro de poesía es, por todo esto, un gesto íntimo, un modo de estar con una misma.
También me preguntaba si un libro de poesía es un libro de ficción. Cuando leemos una novela los lectores estamos preparando a ingresar en un mundo inventado. Sin embargo, creo que hay ciertos malentendidos con los libros de poesía. Los poetas no son los seres humanos más extrovertidos del mundo: un libro de poesía no es un diario íntimo con forma de versos. Un libro de poesía es- y perdoneseme  la obviedad-  literatura.
Los poetas parten de sus vivencias y las trabajan como si las vivencias fueran materias prima que pueden transformar.  Por eso los| poemas no son la narración de la vida de los poetas. La poesía no es mera  autobiografía. Es algo muy difícil de construir y que no sé nombrar con otra palabra que ficción, literatura, creación.
Por todo esto los convoco a leer este libro de poesía que hoy presentamos. Los convoco a trasgredir y cuando lo lean verán qué imaginación poética hay en él, qué capacidad para crear que tiene Claudia con las palabras.
El primer verso de este libro de poesía es como la puerta de una casa: “Nos fuimos quitando la luz de los ojos”
Una puerta para entrar a una cierta oscuridad en la que algo se ha perdido. Nos fuimos quitando la luz de los ojos. Y yo, como lectora, imagino una luz que encandila, una luz que enceguece, una luz que no permite ver todo lo que estamos a punto de ver al comenzar a leer El corazón de las ciruelas. Es que para ver ciertas cosas se  necesita un tono tenue de sombra, una pausa de la luz, una tregua de tanta transparencia plana.
“Abrir los ojos- escribe Claudia- es un trabajo que lleva tiempo. Ver, lleva más tiempo todavía.” Este es un libro, me parece a mí, que fue escrito con los ojos abiertos.
Ese primer verso, como una puerta generosa, nos abre hacia algo, nos sumerge en una atmósfera. Una atmósfera que nos envuelve poema a poema, verso a verso. Construir y sostener una atmósfera en un libro de poesía es uno de los desafíos más difíciles para una escritora y es una de las razones que permite, precisamente, considerar que un libro de poesía  es un libro  y no  una suma de poesías.
Un verso como una puerta para entrar en un universo. Porque en este libro hay una construcción de un universo.



Me parece que hay poetas que construyen en cada libro un universo. No todos los poetas son así.  Algunos inventan un mundo y cada libro constituye un nuevo mapa de ese mundo.
Creo que Claudia es de la que construyen en cada libro un mundo. En su primer libro, en Nada, hay una voz lírica que da cuenta de sí misma, como si en ese proceso uno de los primeros pasos fuera nombrarse. En su segundo libro, en Res, la escritora diseña palabra a palabra una poderosa arquitectura para nombrar un paisaje que está afuera de ella misma. Escribe porque ha  mirado.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo poblado, un mundo  sin soledades que es habitado  por una enigmática y misteriosa primera persona del plural. ¿Quiénes son ellas? ¿Quiénes se esforzaban por no caer de los rieles? ¿Con quién compartió la poeta su deseo de escalar una montaña? Las poesías del Corazón de las ciruelas nos convocan a entender que lo que importa realmente no es entender, nada hay que nos permita descifrar este misterio y entonces, como lectores, lo aceptamos. Y vamos con ese consistente plural  de las iglesias al cine, del pan a los espejos, de los libros a las montañas, de los pájaros en las manos a los cuentos de la hora de la siesta.
Un mundo poblado en el que el yo solo se convierte en yo en la medida que puede ser nosotras y, desde ese plural, se puede encarar el riesgo y la maravilla de ser en el mundo.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo sin soledad: poemas que se escriben para dialogar con un tú o con muchos tú. Una segunda persona del singular que es convocada, recordada, interpelada y perdida.  Porque la materia prima de este universo es la pérdida. “No queda nada de aquello que fue tu casa. De aquello que fuimos queda el revés del olvido”. O quizás no, quizás la materia prima no sea la pérdida sino la posibilidad de la memoria. “Recordar es mejor que haber vivido.” “El recuerdo es mejor que la vida mientras se vive uno no se da cuenta“Esto es lo que pusimos en la memoria. Lo que va quedando del olvido”
Sucede la vida. Y allí donde había pan en el armario ahora hay restos de madera. Sucede la vida y por eso la muerte. “Toda tu muerte fue un escándalo al borde de la luz” Sucede la muerte y por eso, en este mundo de El corazón de las ciruelas, aparece con tanta fuerza lo religioso, el misterio erótico de lo religioso: las  misas, el casamiento por iglesia, la ofrenda de la gallina, los milagros, la parroquia, la música religiosa. Un mundo poblado: objetos, animales, seres cercanos y también poblado por dios “tener cinco o seis o siete años y pensar en dios como en un animal embalsamado” “ ah, yo quería escuchar la música (…) como si dios pudiera de pronto moverse y posar su mano sobre mis piernas” ” el corazón de los hombres es una pesada carga para los dioses”  Y se va construyendo, entonces, un espacio donde el yo pequeño intuye el misterio, lo sagrado, el poder, el miedo a ese poder y su deseo. Hay una intuición de que hay algo allí vinculado a lo más íntimo. Por momentos, terrible. Por momentos, casi místico.
Un  mundo de sonoridades: el canto de los pájaros a la hora de la siesta, el sonido del agua o del río, la madera que se quiebra, la música sagrada.  Sonoridades que no son el fondo sonoro de un paisaje sino el paisaje mismo de cierta espiritualidad: “Solo la música puede imitar la propiedad del agua/ eso es, meterse entre todas las cosas
Un mundo en el que una niña juega. Los juegos infantiles como anticipo de la creación, como poesías hechas sin saberlo y sin papel a la hora de la siesta, esa hora en la que “no había secretos”. “Una tarde jugábamos a ver el  mar. Otra hacíamos de cuenta que éramos repartidores de leche.” O todo ese maravilloso poema que termina diciendo “Cuando acabe la siesta ya estaremos  mar adentro rumbo al sur en una barca de madera” (página 67)
Un mundo en el que hubo una niña y hubo una madre y hubo un padre y, especialmente, hubo un alguien que prometió una casa, leer juntas todos los libros y vivir adentro de la nieve. Un tú que seguramente son muchos tú. No lo sabemos ni lo tenemos por qué saber.  Una otra con quien se dialoga. Un libro de poesía, también, para conversar con los muertos. Tal vez el lenguaje poético sea el único capaz de construir un puente de palabras con ese ser cercano que estuvo y no está. Pero, también, se busca con ese lenguaje poético  encontrarse con aquella niña que antes de escribir poesía soñaba con “una montaña altísima, con una casa  levemente inclinada en la ladera”. Siento que este libro es como “una casa en la cima”. Escribe Claudia: “en las montañas está la salvación” “En la montaña siempre hay un lugar donde esconderse
Si aquel primer verso fue una puerta para entrar a este universo yo elijo otro-verso- puerta para terminar mi lectura, un verso que siento que sintetiza el sentido de haber escrito este libro: “Ahora no hay silencio/ ni huellas del silencio siquiera. Hay gritos como aullidos de animales en celo.”
Y quiero terminar leyendo un poema, un poema sobre la creación, sobre el arte.

Todavía no habíamos aprendido a escribir
y las baldosas de la cocina eran un lienzo
donde la tiza resbalaba suavemente haciendo líneas y círculos que no significaban nada.
Todavía nada estaba dicho. Ni siquiera la palabra bosque o la palabra madre o la palabra nieve que era fría al contacto con los ojos.
Las baldosas eran un lienzo perfecto, una llanura extendida bajo la palma de mi mano.
Yo era un poco dios
por haberlo inventado todo
pero no habíamos aprendido a escribir.
Ninguna letra ningún número
nada que remitiera a otras cosas menos delicadas que esas líneas blancas sobre el lienzo gris de la cocina.
A veces el humo traía señales:
marcas de agua sobre las ollas
el sonido de la carne
el crujido del pan quebrándose.
La gracia estaba en esperar que alguien entrara pisando las líneas y borrara para siempre esas palabras.

 Ahora sí algo ha sido dicho, ahora sí se ha aprendido a escribir y ya nadie podrá borrar estas palabras que están en el libro, ahora estas palabras se podrán recrear, cada uno de nosotros podrá leer en ellas lo que quiera, pero ya no se pueden borrar. Eso es un libro de poesía  y esto es lo que hoy celebramos.



 (Palabras de Marisa Silva Schultze el día de la presentación de El corazón de las ciruelas, sábado 18 de noviembre de 2017, Librería Moebius, Montevideo)

enero 02, 2018

POESÍA QUE INCOMODA

Luis Pereira Severo

Una poeta que niega su condición de tal. Narradora y reciente dramaturga (con Volver la noche obtuvo el premio Lussich de la Intendencia de Maldonado en 2017, y con Cuatro mujeres de campo el tercer premio en dramaturgia inédita del MEC), creadora de universos urbanos de borde, que respiran una clase de contemporaneidad anclada en los mundos del río de la plata de otras décadas, en personajes e historias anónimas, ese carácter de no poeta es desmentido en la práctica.
El que escribe es un privilegiado: tengo entre mis carpetas textos de Cecilia que comprueban su tránsito por el oficio.


Compartimos con Cecilia, a modo de personajes de entre siglos - de relatos que caen provocando estrépito -, la pertenencia a aquella Generación del Mincho, que se ocupaba de inventar revistas y espacios de encuentro en los ya afortunadamente lejanos años de la dictadura. Con Cecilia, Pancho Lussich, Raul Ferreiro, Alejandro Michelena, Elder Silva, Enrique Martinez Larrachea, Rodolfo Levín, Adolfo Bertoni, otros, compartimos la redacción de Cuadernos de Granaldea, en los primeros ochenta.
Y con Cecilia nos encontramos nuevamente, como siempre a lo largo de todos estos años, en 2015 cuando comenzamos a rediseñar este proyecto editorial, civiles iletrados.
La autora de Crecida revela en este libro oficio, precisión en el manejo del lenguaje, cuidado, y demuestra ser dueña de un oído afinado a la hora de construir la escritura, sus ritmos, sus melodías, sus cadenas significantes, sus diálogos internos, sus espacios, pausas y sonidos.
Crecida visita el posible universo de la infancia de la autora para traernos al presente el hoy mismo de la creciente, de los inundados. A modo de relato poético y fiel a los mejores ejemplos en el campo, el texto trasciende al momento histórico que ofició como disparador. El corte del verso, el ritmo, es instrumento de la poesía, y el detalle, lo descriptivo, la morosidad de la descripción construyen el relato: esa melange de relato y poesía que desafía el statu quo de los géneros. “Hule de algún mantel, papelitos de estraza / cajas de remedio, hojas de yerba, palillos / plumas de gallina puños de camisa, semillas”: la enumeración construye el poema, la materialidad del mismo adquiere en el texto una dimensión diferente a la de esos materiales tomados por separado. La escritora es la alquimista, la que hierve nuevas pócimas. “jugadas de quiniela, cuerdas de guitarra / cáscaras de papa, hojas de afeitar, un zapato”, las palabras poco prestigiosas ingresado al universo de la poesía.
Poesía que, tomando la caracterización de Denise Levertov respecto al verso libre, “incorpora y revela el proceso de pensar/sentir, sentir/pensar” y “al hacerlo explora (…) la experiencia humana de un modo (…) valioso a la vez como testimonio humano y como experiencia estética”. [1]
En esto la autora dialoga con una línea investigativa contemporánea: la de mucha poesía que apoyada en la poesía social de mediados del siglo XX se desentiende de todos modos de su transcendencia, del deber ser, y asume el comienzo de  la fiesta. Pienso en los beatnik norteamericanos, pero también en Carver, o en Martín Gambarotta o Zelarayán de Argentina, en Elder o Víctor Cunha entre los nuestros.
Pero esto sumado al cuidado con el espacio sonoro, la precisión del lenguaje, en la que la autora abreva y se encuentra con Macedo o con el Salvador Puig de Apalabrar, y más acá entre los contemporáneos con el Retahíla de Aldo Mazzuchelli.
Son tiempos híbridos estos y es híbrida, o mejor, producto de la hibridación, la poesía de Cecilia. Borronea las fronteras de los géneros…, cada línea de cada poema es una estocada, un golpe que encuentra su destino. Cada verso resulta inquietante, desacomoda lo hasta ahora acomodado.  “¿Agua de cuáles arroyos, qué cañadas? / Nunca de ellos se habló, nadie supo dónde estaban”.   
Por momentos urbana y milonguera: “fatal como el desencanto, eterna cual cicatriz”, la destreza en el manejo del lenguaje y las varias capas de la escritura, simultáneas, quedan en evidencia por ejemplo acá: “el problema es grande cuando el agua corre / imparable arremete acosa arranca / desguaza abate desarma, anula…”
La crecida de Cecilia no es un relato sufrido, no es una autovictimización, no es – solamente - denuncia social: el horizonte del libro está dado por la riqueza del friso relatado, el universo de múltiples colores que pone en evidencia la creciente. El del “Nosotros- no- somos- de- aquí,” el de “La delgada muchacha vendida a los catorce / con su dueño y el carro de sus hijitos / el estanciero que azotaba niños negros / el adorado por su madrecita / el mejor de la clase, la mediocre, el vivo, la feliz / quien inventaba chistes o cantaba boleros.” Hay un paisaje social de pobreza y de exclusión – de exclusiones - visitado por la poesía, digno de poesía, pero a la vez narrado sin estrépitos, sin grandes consignas o promesas, sin salvaciones prometidas. Lo que no significa neutralidad sin embargo: la autora sabe que la mejor revolución no está necesariamente en lo que a simple vista se percibe como tal.  Y que el compromiso del escritor es antes que nada, volvamos por un segundo a discusiones ya pretéritas, con la escritura misma.
Es un paisaje humano narrado con precisión, un paisaje hasta ahora oculto, ajeno a cierta literatura bocalicona de tierra adentro, distante de los facilismos, otra vez: híbrida.
Crecida de pueblo chico, el ojo de la cámara se detiene en sus personajes,
“Hijos del pueblo, hermanos en el río / compañeros de escuela esquina estadio /
cantor de peña, el criado en el asilo / campeón de futbolito, un corredor veloz /
bailarín de malambo cumbia rockanroll”…
Oculta entre la historia principal coexisten como en cualquier lado historias de otros rangos: en este caso la violencia, el ejercicio de la violencia ejercida, aprendida, impune, y el silencio de los demás (personajes) que bajan la mirada.
En medio de una poesía uruguaya a nuestro juicio con pocas novedades, que prosigue su curso atrapada entre los discípulos de tercera generación del neo barroco argentino de los ochenta y el elogio a la dificultad propiciado por ciertas universidades yanquis, la poesía de Cecilia Ríos es toda una novedad. Lejos de la impostación, de la afectación, escoge una vez más el mundo de los pequeños, de los solitarios, de los no poderosos para contarnos que la poesía sí tiene cosas para decir en este cambalache de inicios de siglo. Bienvenida esta poesía que no nos deja seguir con el programa de la tele  o con el me gusta diario de Facebook.



(Versión corregida por el autor de texto presentación de Crecida, Feria del Libro de Maldonado 19/10/2017).