enero 16, 2018

Alguien que prometió una casa (y) leer juntas todos los libros

Marisa Silva Schultze

Quiero contarles algo antes de empezar a hablar del libro de Claudia Magliano El corazón de las ciruelas.
Para mí ha sido muy gratificante que Claudia me propusiera presentar su libro. Presentar un libro es estar en el momento mismo en que sale hacia los otros aquello que fue escrito en los momentos de mayor intimidad. Presentar un libro es ser testigo de ese momento tan contradictorio. Los escritores queremos y deseamos este momento en que empieza la intemperie, este instante en que las palabras empiezan a rodar entre los otros y, al mismo tiempo, tememos esta intemperie, nos provoca cierto abismo que nuestras entrañables palabras anden por el mundo sin nosotras. Es un momento muy especial y me gusta ser testigo de esto.


Me sucedió que al sumergirme en El corazón de las ciruelas se suscitaron en mí un conjunto de pensamientos que quiero contarles antes de hablarles algunas cosas sobre el libro. Me preguntaba qué significa leer un libro de poesía en estos tiempos, en esta segunda década del siglo XXI. Pensaba: leer un libro de poesía es un gesto trasgresor, subversivo. Es que un libro de poesía no entretiene, leyéndolo no se puede consumir anécdotas; un libro de poesía no se acomoda a la lógica binaria de me gusta o no me gusta, no hay, tampoco,  enigma que una pueda perseguir página a página. En un libro de poesía no hay evento, esta palabra mágica que resume tantas cosas del presente. Leer un libro de poesía requiere de un silencio casi imposible, de una atmósfera y una intimidad que, en esta sociedad,  se construye solo a contramano. Leer un libro de poesía requiere, me parece a mí, de varias lecturas y transitar por algo dos o tres veces es lo opuesto al modo nómade y “picoteador” con que, en general, construimos nuestra vida cotidiana.
 Leer un libro de poesía, pensaba mientras leía una y otra vez  el Corazón de las ciruelas, requiere de una muy revolucionaria lentitud. Y no es una lentitud para entender racionalmente todo lo que escribe el poeta. Es una lentitud para disfrutar, para dejarse sorprender por la maravilla de una manera de decir, de un modo de unir dos cosas que nunca vimos unidas. Es una lentitud para dejarse arrastrar por la imaginación poética, para dejarse envolver en una atmósfera, para dejarse sumergir en  los ecos que esas palabras nos provocan a cada uno.
Leer un libro de poesía es, por todo esto, un gesto íntimo, un modo de estar con una misma.
También me preguntaba si un libro de poesía es un libro de ficción. Cuando leemos una novela los lectores estamos preparando a ingresar en un mundo inventado. Sin embargo, creo que hay ciertos malentendidos con los libros de poesía. Los poetas no son los seres humanos más extrovertidos del mundo: un libro de poesía no es un diario íntimo con forma de versos. Un libro de poesía es- y perdoneseme  la obviedad-  literatura.
Los poetas parten de sus vivencias y las trabajan como si las vivencias fueran materias prima que pueden transformar.  Por eso los| poemas no son la narración de la vida de los poetas. La poesía no es mera  autobiografía. Es algo muy difícil de construir y que no sé nombrar con otra palabra que ficción, literatura, creación.
Por todo esto los convoco a leer este libro de poesía que hoy presentamos. Los convoco a trasgredir y cuando lo lean verán qué imaginación poética hay en él, qué capacidad para crear que tiene Claudia con las palabras.
El primer verso de este libro de poesía es como la puerta de una casa: “Nos fuimos quitando la luz de los ojos”
Una puerta para entrar a una cierta oscuridad en la que algo se ha perdido. Nos fuimos quitando la luz de los ojos. Y yo, como lectora, imagino una luz que encandila, una luz que enceguece, una luz que no permite ver todo lo que estamos a punto de ver al comenzar a leer El corazón de las ciruelas. Es que para ver ciertas cosas se  necesita un tono tenue de sombra, una pausa de la luz, una tregua de tanta transparencia plana.
“Abrir los ojos- escribe Claudia- es un trabajo que lleva tiempo. Ver, lleva más tiempo todavía.” Este es un libro, me parece a mí, que fue escrito con los ojos abiertos.
Ese primer verso, como una puerta generosa, nos abre hacia algo, nos sumerge en una atmósfera. Una atmósfera que nos envuelve poema a poema, verso a verso. Construir y sostener una atmósfera en un libro de poesía es uno de los desafíos más difíciles para una escritora y es una de las razones que permite, precisamente, considerar que un libro de poesía  es un libro  y no  una suma de poesías.
Un verso como una puerta para entrar en un universo. Porque en este libro hay una construcción de un universo.



Me parece que hay poetas que construyen en cada libro un universo. No todos los poetas son así.  Algunos inventan un mundo y cada libro constituye un nuevo mapa de ese mundo.
Creo que Claudia es de la que construyen en cada libro un mundo. En su primer libro, en Nada, hay una voz lírica que da cuenta de sí misma, como si en ese proceso uno de los primeros pasos fuera nombrarse. En su segundo libro, en Res, la escritora diseña palabra a palabra una poderosa arquitectura para nombrar un paisaje que está afuera de ella misma. Escribe porque ha  mirado.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo poblado, un mundo  sin soledades que es habitado  por una enigmática y misteriosa primera persona del plural. ¿Quiénes son ellas? ¿Quiénes se esforzaban por no caer de los rieles? ¿Con quién compartió la poeta su deseo de escalar una montaña? Las poesías del Corazón de las ciruelas nos convocan a entender que lo que importa realmente no es entender, nada hay que nos permita descifrar este misterio y entonces, como lectores, lo aceptamos. Y vamos con ese consistente plural  de las iglesias al cine, del pan a los espejos, de los libros a las montañas, de los pájaros en las manos a los cuentos de la hora de la siesta.
Un mundo poblado en el que el yo solo se convierte en yo en la medida que puede ser nosotras y, desde ese plural, se puede encarar el riesgo y la maravilla de ser en el mundo.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo sin soledad: poemas que se escriben para dialogar con un tú o con muchos tú. Una segunda persona del singular que es convocada, recordada, interpelada y perdida.  Porque la materia prima de este universo es la pérdida. “No queda nada de aquello que fue tu casa. De aquello que fuimos queda el revés del olvido”. O quizás no, quizás la materia prima no sea la pérdida sino la posibilidad de la memoria. “Recordar es mejor que haber vivido.” “El recuerdo es mejor que la vida mientras se vive uno no se da cuenta“Esto es lo que pusimos en la memoria. Lo que va quedando del olvido”
Sucede la vida. Y allí donde había pan en el armario ahora hay restos de madera. Sucede la vida y por eso la muerte. “Toda tu muerte fue un escándalo al borde de la luz” Sucede la muerte y por eso, en este mundo de El corazón de las ciruelas, aparece con tanta fuerza lo religioso, el misterio erótico de lo religioso: las  misas, el casamiento por iglesia, la ofrenda de la gallina, los milagros, la parroquia, la música religiosa. Un mundo poblado: objetos, animales, seres cercanos y también poblado por dios “tener cinco o seis o siete años y pensar en dios como en un animal embalsamado” “ ah, yo quería escuchar la música (…) como si dios pudiera de pronto moverse y posar su mano sobre mis piernas” ” el corazón de los hombres es una pesada carga para los dioses”  Y se va construyendo, entonces, un espacio donde el yo pequeño intuye el misterio, lo sagrado, el poder, el miedo a ese poder y su deseo. Hay una intuición de que hay algo allí vinculado a lo más íntimo. Por momentos, terrible. Por momentos, casi místico.
Un  mundo de sonoridades: el canto de los pájaros a la hora de la siesta, el sonido del agua o del río, la madera que se quiebra, la música sagrada.  Sonoridades que no son el fondo sonoro de un paisaje sino el paisaje mismo de cierta espiritualidad: “Solo la música puede imitar la propiedad del agua/ eso es, meterse entre todas las cosas
Un mundo en el que una niña juega. Los juegos infantiles como anticipo de la creación, como poesías hechas sin saberlo y sin papel a la hora de la siesta, esa hora en la que “no había secretos”. “Una tarde jugábamos a ver el  mar. Otra hacíamos de cuenta que éramos repartidores de leche.” O todo ese maravilloso poema que termina diciendo “Cuando acabe la siesta ya estaremos  mar adentro rumbo al sur en una barca de madera” (página 67)
Un mundo en el que hubo una niña y hubo una madre y hubo un padre y, especialmente, hubo un alguien que prometió una casa, leer juntas todos los libros y vivir adentro de la nieve. Un tú que seguramente son muchos tú. No lo sabemos ni lo tenemos por qué saber.  Una otra con quien se dialoga. Un libro de poesía, también, para conversar con los muertos. Tal vez el lenguaje poético sea el único capaz de construir un puente de palabras con ese ser cercano que estuvo y no está. Pero, también, se busca con ese lenguaje poético  encontrarse con aquella niña que antes de escribir poesía soñaba con “una montaña altísima, con una casa  levemente inclinada en la ladera”. Siento que este libro es como “una casa en la cima”. Escribe Claudia: “en las montañas está la salvación” “En la montaña siempre hay un lugar donde esconderse
Si aquel primer verso fue una puerta para entrar a este universo yo elijo otro-verso- puerta para terminar mi lectura, un verso que siento que sintetiza el sentido de haber escrito este libro: “Ahora no hay silencio/ ni huellas del silencio siquiera. Hay gritos como aullidos de animales en celo.”
Y quiero terminar leyendo un poema, un poema sobre la creación, sobre el arte.

Todavía no habíamos aprendido a escribir
y las baldosas de la cocina eran un lienzo
donde la tiza resbalaba suavemente haciendo líneas y círculos que no significaban nada.
Todavía nada estaba dicho. Ni siquiera la palabra bosque o la palabra madre o la palabra nieve que era fría al contacto con los ojos.
Las baldosas eran un lienzo perfecto, una llanura extendida bajo la palma de mi mano.
Yo era un poco dios
por haberlo inventado todo
pero no habíamos aprendido a escribir.
Ninguna letra ningún número
nada que remitiera a otras cosas menos delicadas que esas líneas blancas sobre el lienzo gris de la cocina.
A veces el humo traía señales:
marcas de agua sobre las ollas
el sonido de la carne
el crujido del pan quebrándose.
La gracia estaba en esperar que alguien entrara pisando las líneas y borrara para siempre esas palabras.

 Ahora sí algo ha sido dicho, ahora sí se ha aprendido a escribir y ya nadie podrá borrar estas palabras que están en el libro, ahora estas palabras se podrán recrear, cada uno de nosotros podrá leer en ellas lo que quiera, pero ya no se pueden borrar. Eso es un libro de poesía  y esto es lo que hoy celebramos.



 (Palabras de Marisa Silva Schultze el día de la presentación de El corazón de las ciruelas, sábado 18 de noviembre de 2017, Librería Moebius, Montevideo)

enero 02, 2018

POESÍA QUE INCOMODA

Luis Pereira Severo

Una poeta que niega su condición de tal. Narradora y reciente dramaturga (con Volver la noche obtuvo el premio Lussich de la Intendencia de Maldonado en 2017, y con Cuatro mujeres de campo el tercer premio en dramaturgia inédita del MEC), creadora de universos urbanos de borde, que respiran una clase de contemporaneidad anclada en los mundos del río de la plata de otras décadas, en personajes e historias anónimas, ese carácter de no poeta es desmentido en la práctica.
El que escribe es un privilegiado: tengo entre mis carpetas textos de Cecilia que comprueban su tránsito por el oficio.


Compartimos con Cecilia, a modo de personajes de entre siglos - de relatos que caen provocando estrépito -, la pertenencia a aquella Generación del Mincho, que se ocupaba de inventar revistas y espacios de encuentro en los ya afortunadamente lejanos años de la dictadura. Con Cecilia, Pancho Lussich, Raul Ferreiro, Alejandro Michelena, Elder Silva, Enrique Martinez Larrachea, Rodolfo Levín, Adolfo Bertoni, otros, compartimos la redacción de Cuadernos de Granaldea, en los primeros ochenta.
Y con Cecilia nos encontramos nuevamente, como siempre a lo largo de todos estos años, en 2015 cuando comenzamos a rediseñar este proyecto editorial, civiles iletrados.
La autora de Crecida revela en este libro oficio, precisión en el manejo del lenguaje, cuidado, y demuestra ser dueña de un oído afinado a la hora de construir la escritura, sus ritmos, sus melodías, sus cadenas significantes, sus diálogos internos, sus espacios, pausas y sonidos.
Crecida visita el posible universo de la infancia de la autora para traernos al presente el hoy mismo de la creciente, de los inundados. A modo de relato poético y fiel a los mejores ejemplos en el campo, el texto trasciende al momento histórico que ofició como disparador. El corte del verso, el ritmo, es instrumento de la poesía, y el detalle, lo descriptivo, la morosidad de la descripción construyen el relato: esa melange de relato y poesía que desafía el statu quo de los géneros. “Hule de algún mantel, papelitos de estraza / cajas de remedio, hojas de yerba, palillos / plumas de gallina puños de camisa, semillas”: la enumeración construye el poema, la materialidad del mismo adquiere en el texto una dimensión diferente a la de esos materiales tomados por separado. La escritora es la alquimista, la que hierve nuevas pócimas. “jugadas de quiniela, cuerdas de guitarra / cáscaras de papa, hojas de afeitar, un zapato”, las palabras poco prestigiosas ingresado al universo de la poesía.
Poesía que, tomando la caracterización de Denise Levertov respecto al verso libre, “incorpora y revela el proceso de pensar/sentir, sentir/pensar” y “al hacerlo explora (…) la experiencia humana de un modo (…) valioso a la vez como testimonio humano y como experiencia estética”. [1]
En esto la autora dialoga con una línea investigativa contemporánea: la de mucha poesía que apoyada en la poesía social de mediados del siglo XX se desentiende de todos modos de su transcendencia, del deber ser, y asume el comienzo de  la fiesta. Pienso en los beatnik norteamericanos, pero también en Carver, o en Martín Gambarotta o Zelarayán de Argentina, en Elder o Víctor Cunha entre los nuestros.
Pero esto sumado al cuidado con el espacio sonoro, la precisión del lenguaje, en la que la autora abreva y se encuentra con Macedo o con el Salvador Puig de Apalabrar, y más acá entre los contemporáneos con el Retahíla de Aldo Mazzuchelli.
Son tiempos híbridos estos y es híbrida, o mejor, producto de la hibridación, la poesía de Cecilia. Borronea las fronteras de los géneros…, cada línea de cada poema es una estocada, un golpe que encuentra su destino. Cada verso resulta inquietante, desacomoda lo hasta ahora acomodado.  “¿Agua de cuáles arroyos, qué cañadas? / Nunca de ellos se habló, nadie supo dónde estaban”.   
Por momentos urbana y milonguera: “fatal como el desencanto, eterna cual cicatriz”, la destreza en el manejo del lenguaje y las varias capas de la escritura, simultáneas, quedan en evidencia por ejemplo acá: “el problema es grande cuando el agua corre / imparable arremete acosa arranca / desguaza abate desarma, anula…”
La crecida de Cecilia no es un relato sufrido, no es una autovictimización, no es – solamente - denuncia social: el horizonte del libro está dado por la riqueza del friso relatado, el universo de múltiples colores que pone en evidencia la creciente. El del “Nosotros- no- somos- de- aquí,” el de “La delgada muchacha vendida a los catorce / con su dueño y el carro de sus hijitos / el estanciero que azotaba niños negros / el adorado por su madrecita / el mejor de la clase, la mediocre, el vivo, la feliz / quien inventaba chistes o cantaba boleros.” Hay un paisaje social de pobreza y de exclusión – de exclusiones - visitado por la poesía, digno de poesía, pero a la vez narrado sin estrépitos, sin grandes consignas o promesas, sin salvaciones prometidas. Lo que no significa neutralidad sin embargo: la autora sabe que la mejor revolución no está necesariamente en lo que a simple vista se percibe como tal.  Y que el compromiso del escritor es antes que nada, volvamos por un segundo a discusiones ya pretéritas, con la escritura misma.
Es un paisaje humano narrado con precisión, un paisaje hasta ahora oculto, ajeno a cierta literatura bocalicona de tierra adentro, distante de los facilismos, otra vez: híbrida.
Crecida de pueblo chico, el ojo de la cámara se detiene en sus personajes,
“Hijos del pueblo, hermanos en el río / compañeros de escuela esquina estadio /
cantor de peña, el criado en el asilo / campeón de futbolito, un corredor veloz /
bailarín de malambo cumbia rockanroll”…
Oculta entre la historia principal coexisten como en cualquier lado historias de otros rangos: en este caso la violencia, el ejercicio de la violencia ejercida, aprendida, impune, y el silencio de los demás (personajes) que bajan la mirada.
En medio de una poesía uruguaya a nuestro juicio con pocas novedades, que prosigue su curso atrapada entre los discípulos de tercera generación del neo barroco argentino de los ochenta y el elogio a la dificultad propiciado por ciertas universidades yanquis, la poesía de Cecilia Ríos es toda una novedad. Lejos de la impostación, de la afectación, escoge una vez más el mundo de los pequeños, de los solitarios, de los no poderosos para contarnos que la poesía sí tiene cosas para decir en este cambalache de inicios de siglo. Bienvenida esta poesía que no nos deja seguir con el programa de la tele  o con el me gusta diario de Facebook.



(Versión corregida por el autor de texto presentación de Crecida, Feria del Libro de Maldonado 19/10/2017).





septiembre 28, 2017

civiles iletrados en las siguientes librerías

MONTEVIDEO


El Aleph, Librería Anticuario
Bartolomé Mitre 1356/58 casi Peatonal Sarandí

El Inmortal
Tristán Narvaja 1533

Escaramuza
Pablo de María 1185

La Lupa
Peatonal Bacacay 1318 bis

Lautréamont
Maldonado 2045 A

Libros De La Arena
Benito Blanco 962

Linardi y Risso
Juan Carlos Gómez entre 25 de mayo y Rincón

Moebius Libros | Espacio Barbeito
Pérez Castellano 1432 esquina 25 de Mayo

Parisson
Colonia 1822

Purpúrea
Plaza del Entrevero

Rayuela
Tristán Narvaja 1535

Retta Libros
Paysandú 1838



PUNTA DEL ESTE

El Virrey
Calle 30 y Gorlero



septiembre 15, 2017

La poesía mueve el orden de las cosas

En el prólogo al libro Pensamientos, palabras y música de Schopenhauer, Dionisio Garzón expresa acerca de la escritura: “Se trata de la plasmación de una vivencia subjetiva, singular, vivida solo por el individuo en su interior, en algo externo, objetivo, universal que puede ser participado por todos los demás.”


Inicio la presentación de Crecida con estas palabras porque entiendo que eso eslo que este libro nos propone: asistir a los efectos de una inundación desde la mirada subjetiva de un yo que trasciende su singularidad para darnos cabida a su experiencia.
Aquí la vivencia subjetiva de la crecida se nos muestra a los lectores de manera tal que asistimos a la inundación. Somos parte de ella, también nos arrastra en su furioso trayecto, nos envuelve y nos hace elaborar, a partir de la experiencia del yo que enuncia, nuestra propia experiencia subjetiva. Porque la crecida es una mostración, no una demostración. Se nos presenta no como fenómeno natural, digno de un estudio científico, sino como fenómeno poético.

Poesía que surge, como el agua, en una sinfonía que comienza lentamente:la inundación repta por el camino del río y que va tomando fuerza a medida que el libro y la corriente avanzan, hasta retroceder en su retirada final. Pero queda la resaca del aguacomo huella imborrable en la experiencia estética del lector.
Poesía como música que avanza hasta llegar a su clímax para luego descender en retirada, pero que a lo largo de ese camino va generando el caos, la confusión, el dislocamiento del orden natural de las cosas: Peces boca arriba, La corteza ensanchada, húmeda y blanda, Hule de algún mantel, puños de camisa. Todo, ya sea en la naturaleza como en el orden de los objetos cotidianos, queda desarticulado, fuera del lugar en el que debería estar. Es que como el agua, que aquí todo lo desordena, la poesía mueve el orden de las cosas, rarifica lo conocido para sacar a la superficie Lo escondido expuesto, lo obvio secreto.

Las palabras no entienden lo que pasa, decía Salvador Puig. En Crecida el yo tampoco entiende lo que pasa y así surgen las preguntas  ¿Por qué la crecida? ¿Cómo apareció en la calle? para llegar a la conclusión: Entre efecto y causa un abismo de ignorancia.
La crecida genera un abismo de ignorancia porque no hay respuesta lógica ni razón que la explique, como la poesía. Ante los hechos solo cabe preguntarse ¿Por qué? para hundirse, junto con todas las cosas, en el agua que también arrastra toda explicación posible. Y así, desde ese abismo de ignorancia, emerge el poema. Aparecen las cosas, hasta ahora, desconocidas: ¿Agua de cuáles arroyos, qué cañadas?/Nunca de ellos se habló, nadie supo dónde estaban. Solo la mirada poética alcanza a vislumbrar ese universo desconocido que ahora se hace visible con la fuerza arrolladora del agua. De esa corriente furiosa que imparable arremete acosa arranca/ desguaza abate desarma, anula.
Si las palabras no entienden lo que pasa, sí son capaces de acompañar eso que no se entiende para echar luz, no sobre la razón, sino sobre la intuición. El ritmo de los versos acompaña el ritmo de la crecida. Hay un ensamble de la palabra con la cosa, con la situación, con los hechos que se suceden en lo objetivo y en lo subjetivo. De esta manera el yo elabora el poema del mismo modo que el agua elabora la crecida, a través del uso de imágenes sensoriales, como  único modo de explicación, y del ritmo de los poemas, la inundación avasallante nos va cercando y arrastrando a nosotros también hacia su centro feroz: todo junto, cercado y acercado por el agua dice el texto. Y los lectores también estamos allí, no como meros espectadores sino también como protagonistas. Todos dejaban sus asuntos al atardecer/ para mirar oler explicar conocer la crecida. Mirar y oler como modo de conocimiento desde lo sensorial, no hay otra manera de aprehender el desastre misterioso del desborde. Desborde que no deja nada a su paso, nada se salva, nadie se salva: El miedo acosa a pobres y ricos. Como expresa Manrique en las Coplas por la muerte de su padre: …y llegados, son iguales
los que viven por sus manos y los ricos.
El poder igualador de la muerte en el poeta español, y el poder igualador de la crecida en nuestra poeta uruguaya Cecilia Ríos. Con la diferencia de  que aquí los personajes son individualizados, no se los engloba solamente en las categorías generales  de ricos o pobres. Aquí se los muestra en sus particularidades lo que los hace únicos y universales a la vez. Y además  en esta presentación de cada uno no deja de haber, en ciertos momentos, una carga de denuncia social: La delgada muchacha vendida a los catorce, el estanciero que azotaba niños negros. Nadie está a salvo, casi como si la crecida llegara para hacer justicia con unos y agudizar el dolor en otros. La única certeza es que ninguno se salva por más intentos que haga: Uno reza a las nubes, la virgen, su dios/ otro blasfema maldice llora y promete. Es que ese Golpe que arrancó la paz al sueño no tiene modo de frenarse mediante ningún mecanismo humano ni sobrehumano. Acá la furia del agua no es producto de un dios ofuscado que envía un diluvio para limpiar el mundo, no. Acá la furia del agua es la furia del agua es el orgullo de asesino proeza atroz. tan absurdo y tan terrible como eso. Es la crecida y solamente la crecida, inexplicable e imparable que solo se detendrá cuando ella lo disponga. A la poeta solo le es posible mirar y mostrar. A los lectores solo nos cabe ver y acompañar esa corriente que nos envuelve. Somos uno más en ese torbellino de agua enloquecida, tampoco estamos a salvo,  el poema nos incluye, no hay modo de no ser partícipes, porque este es un libro de poesía y como tal nos permite ver en los intersticios de los versos,  allí donde en apariencia no se dice y sin embargo todo está dicho.
Como las hendiduras que deja el agua, así las grietas del poema dejan una transfigurada desmesura, invasiva, irresistible/ fatal como el desencanto, eterna cual cicatriz/ incrustada en la vida como dolor de abandono/ impiadosa arena piedras monte lugar llamado río.
No salimos indiferentes después de la lectura, después de la acometida del poema que como un río nos lleva consigo para mostrarnos su poder destructor. Somos los papelitos de estraza, las cajas de remedios, las jugadas de quiniela, cuerdas de guitarras, que arrastró la inundación, todos mezclados bajo el manto gris de la crecida.

Todo desastre natural tiene su fin, como los libros de poesía, aparentemente, también lo tienen. Pero quedan los ecos, quedan las huellas y las cicatrices. ¿Se sale ileso de la lectura? Probablemente no, pero no salir ileso no es aquí sinónimo de  daño irreparable, porque hay una marca que deja el agua-poema para que desde  allí recomience la vida, para que resurja con más fuerza, tal vez, el mundo,  porque todo brote vital será más intenso después de este manto gris de la crecida del mismo modo que toda mirada al mundo será más intensa después del manto gris de la poesía en el cual nos sumergió este libro  para mostrarnos lo que solo allí se ve.
Las piedras verdecidas recobrarán brillo./ Habrá retoños en el suelo ahogado, y a la sed y a la sequía/ despertarán las hojas los tallos nuevos.
***
Claudia Magliano (a propósito de Crecida, de Cecilia Ríos, presentación en la Biblioteca Nacional, 13.09.2017)







agosto 17, 2017

Crecida, poesía de Cecilia Ríos

La inundación repta por el camino del río
ensanchándolo de una manera oscura y plateada.
Peces boca arriba gusanos lánguidos y sapos
jolgorio de gorriones, moscas, mosquitos, tábanos.
El árbol de moras, sitiado hasta la cintura
sus frágiles frutos agridulces caen
a la madurez de la tarde se hunden en el río.

(Cecilia Ríos, de Crecida)






Sobre "Crecida" dice Claudia Magliano:

"Crecida hace al lector partícipe del "desastre inesperado". Toma por asalto, como el agua toma por asalto todas las cosas cuando se rebela. No se lee un libro que habla sobre el desborde del río, se vive la experiencia de la crecida. El lector es arrastrado por las aguas, asiste al desastre y sus consecuencias. Pero, a pesar de ello, la poesía es la única raíz que resiste al agua. La poesía salva porque hace del dolor y de la furia una experiencia estética que redime; porque se siente "el miedo que nadie nos ha contado", el miedo que no puede narrarse se narra callando o se lo dice en el poema para que el lector pueda revivirlo aunque nunca antes lo haya sentido."


Cecilia Ríos (Montevideo, 1959). 

Autora de “Sigiloso Dinosaurio” (civiles iletrados, 2011). Fue incluída en las antologías "22 mujeres 3", "El papel y el placer 2" (Irrupciones, 2015, 2016), "Mujeres de mucha monta" (Arca, 1992) y "Cuentos de boliche" (Trilce, 1996), entre otros. Fue columnista de poesía en la revista Arte Jardinero, e integró la selección de Zonapoema 2014. Su novela "Si me perdonas" obtuvo mención de honor en el concurso Narradores de la Banda Oriental 2014. "Crecida" obtuvo mención en el concurso Onetti 2016 de la Intendencia de Montevideo. 


abril 27, 2017

Impromptu íntimo



Más de una vez imaginé la casa de Alfredo en São Paulo. No lo hice a partir de datos concretos entrevistos en algunos de sus libros. La armé a mi antojo: es una casa pequeña con ventana a la calle donde encorvándose un poco puede ver a los transeúntes. Descubrí el tono de las paredes, adornos de madera, monedas de dos países y libros apilados frente a una taza ennegrecida. Hay una imagen de Yemanyá sobre la puerta que me recuerda a unos San Jorge descubiertos en el mismo lugar de otras puertas que van a dar a mi infancia. Frente a la taza, Alfredo rumia un poema. Sin Juan, sin Jean, está más solo, y cada vez se siente más lejos también, como si la frontera de Uruguay y Brasil se desplazara en silencio, separando cada vez más un paralelo del otro.
Esa intimidad de puertas adentro, que pocas veces vivimos en los hechos –todos cambiamos cuando estamos delante de otro, sea este un amigo, un amante, un familiar-, es la del Poeta de este libro. Esa mar en medio, el camino entre el que era y el que es. Lo perdido, por un lado, que se recupera en un asalto de los sentidos, nos lleva al lugar y nos vuelve a la taza frente a los libros, pero también lo que no se recupera, lo que está quién sabe dónde, sonando o disonando, en español, en portugués, en una mezcla de ambos idiomas. Cuando pensamos –piedad mediante- en esos hombres y mujeres que pierden la memoria todo es dolor para nosotros. Recuerdo, sin embargo, las palabras de la madre de mi madre que alguna vez me dijo que quería dejar de recordar porque continuamente la asaltaban recuerdos que la llevaban lejos para dejarla de un golpe ahí, delante de otra taza, delante de otra mesa. ¿Para qué tanto recuerdo? Se preguntaba. No hace mucho Alfredo me comentó que su abuela gallega solía decir: Cuando un problema no tiene solución, ya está solucionado.
A la sombra de Garcilaso de la Vega –¿o debería decir a la luz?-, fiel amigo de otro Juan (Boscán), el Poeta de este libro explora plantas –palabras, formas métricas- como el tan montevideano tamarisco, que resiste donde nacen el frío y el calor más extremos mientras camina -como si caminara hacia su calle Marsella, o a la calle Libres de Juan Introini- hacia ese origen de una Montevideo transformada, de un Instituto de Profesores que traen los sueños cada tanto, de amigos, y amores que lo llaman a los gritos y que se desvanecen cuando se detiene a mirarlos: Piel de la noche, diente de leche, polvo que vuela con el viento del mar, condolido de sí mismo por ser quien debe enterrar a sus muertos hasta que sea otro Poeta quien continúe esa carrera de postas que va a dar a la ceniza, pero que mantiene vivas las palabras propias en la boca de los otros: Aquí yace el despojo de un poeta /Nació bajo un eclipse, fue extranjero/ nada os pidió, labró un Edén de ausencia/ y al fin reunió en la aurora a sus espectros.


Horacio Cavallo, en La mar en medio, de Alfredo Fressia, prefacio