abril 27, 2017

Impromptu íntimo



Más de una vez imaginé la casa de Alfredo en São Paulo. No lo hice a partir de datos concretos entrevistos en algunos de sus libros. La armé a mi antojo: es una casa pequeña con ventana a la calle donde encorvándose un poco puede ver a los transeúntes. Descubrí el tono de las paredes, adornos de madera, monedas de dos países y libros apilados frente a una taza ennegrecida. Hay una imagen de Yemanyá sobre la puerta que me recuerda a unos San Jorge descubiertos en el mismo lugar de otras puertas que van a dar a mi infancia. Frente a la taza, Alfredo rumia un poema. Sin Juan, sin Jean, está más solo, y cada vez se siente más lejos también, como si la frontera de Uruguay y Brasil se desplazara en silencio, separando cada vez más un paralelo del otro.
Esa intimidad de puertas adentro, que pocas veces vivimos en los hechos –todos cambiamos cuando estamos delante de otro, sea este un amigo, un amante, un familiar-, es la del Poeta de este libro. Esa mar en medio, el camino entre el que era y el que es. Lo perdido, por un lado, que se recupera en un asalto de los sentidos, nos lleva al lugar y nos vuelve a la taza frente a los libros, pero también lo que no se recupera, lo que está quién sabe dónde, sonando o disonando, en español, en portugués, en una mezcla de ambos idiomas. Cuando pensamos –piedad mediante- en esos hombres y mujeres que pierden la memoria todo es dolor para nosotros. Recuerdo, sin embargo, las palabras de la madre de mi madre que alguna vez me dijo que quería dejar de recordar porque continuamente la asaltaban recuerdos que la llevaban lejos para dejarla de un golpe ahí, delante de otra taza, delante de otra mesa. ¿Para qué tanto recuerdo? Se preguntaba. No hace mucho Alfredo me comentó que su abuela gallega solía decir: Cuando un problema no tiene solución, ya está solucionado.
A la sombra de Garcilaso de la Vega –¿o debería decir a la luz?-, fiel amigo de otro Juan (Boscán), el Poeta de este libro explora plantas –palabras, formas métricas- como el tan montevideano tamarisco, que resiste donde nacen el frío y el calor más extremos mientras camina -como si caminara hacia su calle Marsella, o a la calle Libres de Juan Introini- hacia ese origen de una Montevideo transformada, de un Instituto de Profesores que traen los sueños cada tanto, de amigos, y amores que lo llaman a los gritos y que se desvanecen cuando se detiene a mirarlos: Piel de la noche, diente de leche, polvo que vuela con el viento del mar, condolido de sí mismo por ser quien debe enterrar a sus muertos hasta que sea otro Poeta quien continúe esa carrera de postas que va a dar a la ceniza, pero que mantiene vivas las palabras propias en la boca de los otros: Aquí yace el despojo de un poeta /Nació bajo un eclipse, fue extranjero/ nada os pidió, labró un Edén de ausencia/ y al fin reunió en la aurora a sus espectros.


Horacio Cavallo, en La mar en medio, de Alfredo Fressia, prefacio

febrero 22, 2017

Acerca de La tibieza del río, de Melba Guariglia


El poema moldea significados/talla el centro/cincela uno o dos tópicos/vacila”.
Estos versos pertenecen al poema titulado Poética, poema que desarrolla y amplía el epígrafe inicial del libro “Poesía no soy yo/ es todo el río”. Este epígrafe juega con los versos de Bécquer “Poesía eres tú”, como respuesta al poeta español: no soy yo.
¿Qué es poesía? esta pregunta ha recorrido la historia y nunca, por suerte, desembocó en una respuesta única, acabada.
En el libro que hoy presentamos la poesía es el río que se yergue a lo largo de los textos como símbolo. Un río que, a primera vista, se nos figura manso y cálido, tibio y suave.
Retomando los versos que cité al comienzo surgen (emergen) las preguntas: ¿qué moldea el poema? ¿qué cincela? preguntas a las que el yo responde: “uno o dos tópicos”. Un yo que parece asistir a la creación como espectador. Cuando, en el Génesis, Dios crea la tierra le ordena que haga crecer las plantas. Dios crea y a lo creado le traspasa su poder creador. En un acto de meta creación de la tierra surgirá lo verde.
El poeta chileno Vicente Huidobro decía que el poeta es un pequeño dios. Poesía es el río, es “la onda expansiva de un río invisible” dice en este libro el yo creador que, como el dios bíblico, ha traspasado a su propia creación la posibilidad de crear(se) para luego hacerse a un lado y observar cómo su creación da forma al poema, le da inicio.
En esta poética subyace un modo de entender la poesía como producto de un trabajo de orfebre, clave que se advierte en los verbos tallar, cincelar, moldear. Hay un trabajo de artesano que el poema mismo realiza: “talla el centro”.
Dice Flaubert: “la poesía es solo una manera de percibir los objetos exteriores, un órgano especial que tamiza la materia y que, sin cambiarla, la transfigura.” Esta transfiguración de la que habla el autor francés, está presente aquí, y cito estos versos a modo de ejemplo: “Mar imperfecto/ navegando sin remos/ el solo poema”, también se hace presente en el título mismo La tibieza del río. Se trata de una tibieza que va más allá de lo táctil o lo térmico, es una tibieza que sugiere algo más que la calidez del agua y lo interesante es que no se puede dar una interpretación única a esta sugerencia sino que cada lector hará la suya o las suyas. Lo que sí puede decirse es que esa tibieza transfigura el río, lo hace otro sin que deje de ser río.

Un verso atravesado por la prisa/ de unirse/ al cauce de otra mirada” dice el poema In poética. Se trata del verso-río que se completa, y se contempla, en la otra mirada, la del lector. Si no hay lector, si no hay esa mirada otra, urgente y necesaria, no hay tibieza, no hay río, no hay poema.
Continuando con la lectura, llegamos al poema titulado Propósito donde la sentencia en uno de sus versos “Ya todo está escrito” da paso a las posibles preguntas ¿para qué escribir? ¿para qué decir?. Quizás la respuesta, o una de ellas, esté en el poema Utopía: “Salirse de la página/batirse con otros/ estremecer espacios/ fuera de mí.” La poesía permite al yo ser otros, expandir los límites del ego, y ser con otros. Salirse de uno, desbordarse porque como expresa a modo de confesión el yo en el poema Pánico, existe el “pánico de quedarme ajena”.
Todo el libro, a mi entender, funciona como un arte poética de la que se desprenden claramente dos concepciones: la poesía como un trabajo de artesano y la poesía como canal de comunicación.
En el paralelismo río-poema subyacen varios elementos que unen estos dos términos: la profundidad del río, insondable quizá, como el poema que guarda en sí significados; el río-poema como canal de comunicación, un río que une y separa. El movimiento permanente del agua que no cesa, que siempre va, al igual que el poema que siempre va y de ese modo nunca las múltiples lecturas de un poema son las mismas porque el poema cambia según quien lo lea y en las circunstancias en que es leído, incluso en un mismo lector o lectora el poema puede desplegar nuevos significados en las diferentes lecturas que haga. Porque el poema siempre dice lo mismo y lo otro, su fuente simbólica es inagotable.
No soy igual a mi misma/invito a responder a los dioses/ si existe alguien que nos plagia”: Estos versos expresan ese no-yo que aparece en el libro. Así como el poema y el yo no son iguales a sí mismos, el río tampoco.
Nada, en la poesía, parecería ser igual a sí mismo por aquello que decía Flaubert de que la poesía transfigura, vuelve otra cosa la cosa que es pero sin hacerla dejar de ser. El río nunca deja de ser río y sin embargo, recordando a Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río. Siempre es el mismo-otro en su constante devenir.
La poesía devela otras realidades, acaso terribles “aquellas palabras/le quitaron la venda a la belleza/en aras de la verdad” y eso es parte también de su condición, hay, dice el texto “una consigna feroz de la poesía”. Con lo cual junto a su labor de orfebre y su capacidad comunicativa la poesía también tiene como función revelar una realidad acaso cruel: el peligro que esconde la profundidad del río. Arriba de las aguas es navegable, debajo de las aguas otro universo acecha, el revés del río-poema que descubre significados “el lado oscuro del paraíso” como expresa el poema Identidad. Todo tiene su lado otro invisible “el río está en todo el río” dice el poema que da título al libro. El poema está en todo el poema, la poesía en toda la poesía y eso es todo, allí está todo. Allí “las redes esconden lo que no sabemos”, “la sospecha impalpable/ del destino/ diminuto pez tristemente atrapado”, allí “la serena fosa de la poesía” y el poeta asiste al poema como un lector más. El poeta es otro lector que lee su creación. Dios ve cómo la tierra hace crecer los frutos y contempla su-creación-ajena. La poesía se vuelve un “torrente incontrolable” para el poeta, se escurre de sus manos como un pez: “eres un pez/ verso veloz/ incorregible”, para mudar la piel del yo y no ser de nadie. Allí aparece el deseo del poeta: “ojalá pronto seas otro/ de mano en mano/ cálido/ insurgente/ otra voz (…) la emigración inevitable”. La poesía no tiene dueño, ningún poeta es la poesía.
La poesía nombra también lo que no hay “no hay ninguna puerta/ ninguna casa/ nadie cansado de repetir la clave de acceso”. De este modo el poema al nombrar lo ausente lo hace aparecer, pero el yo creador debe permanecer afuera para que eso suceda: “las palabras se deshacen/ cuando las nombro”. La magia del poema sucede fuera del yo.
Mar imperfecto/ navegando sin remos/ el solo poema” dice el texto Resplandor. Cuando el yo intenta moldear el texto, ese intento se vuelve inútil. Así el poema Lucha libre expresa: “es la inutilidad de la lucha/ sobre la blancura del papel/ en el espacio que no vació la tinta/ y se queja del hueco (…) es perder por abandono”. Escribir es una lucha libre contra lo que no es: “es el fin del trazo sumergido/ no del poema”. Por eso el yo-poeta ha de hacerse a un lado, salirse: “No sé qué decir hoy/ no tengo nada/ desteje mis ficciones/ perdida en el libro del universo”. El poeta se desteje, se deshace al nombrarse, deja de ser para darle paso al río.
“Soy una mujer demorando/ la suerte de ser ella”, “ceguera que traduce a tientas/ el naufragio que me nombra”, “solo soy canto espantado/ inmóvil en el fondo”. Estos versos conducen al poema Nacimiento: “Escribir/ una forma de estar concebida/ romper aguas/ diluvio en el modo de no ser/ y haber sido humano intento (…) escribir/ planta naciente en un cajón abandonado”. Se escribe para ser pero en el acto de la escritura el yo se deshace, se vuelve agua, se vuelve río, recordemos el epígrafe inicial “Poesía no soy yo/ es todo el río”.
La poesía arremete contra el yo “el naufragio que me nombra”, lo expulsa del río que él mismo ha creado. Acaso lo único que salve al poeta sea el lenguaje, las palabras a las cuales se unirá en un acto que lo redima: “entonces/ me acostaré con cualquier palabra/ por amor.”
El yo se fusiona, por amor, con la palabra que ha creado y que a su vez crea el poema que lo nombra y lo desnombra, lo hace y lo deshace, lo ficciona porque yo no es yo, yo es el río que es a su vez la poesía. Poesía tibia y honda, trabajada con mano de orfebre, tallada y cincelada por ese no-yo que es el poeta.


Claudia Magliano

junio 27, 2016

ALEJANDRO MICHELENA: la fuerza ritual de la poesía

por Heber Benítez Pezzolano

Tiene un significado muy especial para mí presentar un libro de Alejandro Michelena, a quien conocí por el 79 u 80, cuando lo encontrábamos con el querido amigo y poeta Javier Cabrera (ya fuera de este mundo desde hace diez años), en el Sorocabana. El aroma inolvidable y los tiempos del café compartido (innumerables horas en una mesa), los de la poesía y de aquellas otras luchas, en que él, mayor que varios de nosotros, pero siempre sin edad y con el perfil muy bajo, representaba. Un referente de aquella época; con Alejandro, y luego con Elder Silva, me acerqué varias veces a las reuniones de Cuadernos de Granaldea. Y fueron también, poco después, los tiempos de Destabanda, con Mario Aiello, la editorial en que publiqué mi primer libro de poesía.
 
Un pudor, una rigurosa lealtad a la cultura como espacio de transformaciones críticas desde la literatura y, particularmente, desde la poesía, un lugar de resistencia en vez de un nicho de muerte por el mercado, eso se me representa de aquellos tiempos con la imagen de Alejandro. Y el café, las tradiciones de los cafés en donde se enrollaba y se desenrollaba la cultura, y de la que él escribió certeramente. Por eso, si hay una portada que lo representa, es la de este volumen, en la que se figura un pocillo en el que embeben o en el que abrevan las letras navegando en esa sustancia mágica, como quería Marosa, para sentir el café. El café, el gran espacio y taza ritual es, como en el epígrafe de Claudio Magris que Alejandro pone en el poema titulado precisamente “Gran café”, un lugar de la escritura. Se está a solas, con papel y lápiz y todo lo demás, y dos o tres libros, “aferrados a la mesa como un náufrago batido por las olas”, en ese mar “maderamen”, “puerto con mesas redondas como barcos/de solos marineros/de solos marineros/que encallaron aquí”, las inequívocas mesas del Sorocabana, encalladas en un laberinto que figura a un “minotauro de tiempo/que se muere”.
Alejandro es, en cierto modo, un poeta de aquel tiempo, de aquel ambiente y de aquellas exigencias, de ciertos gestos que cuajaban la conciencia de un decir dentro de cierto pudor, tan minimalista unas veces como expansivo otras. Un aquel espaciotiempopoesía que llega hasta ahora y que, persistiendo, nos muestra su necesidad. Cuando la poesía era un hablar, por así decirlo, la reserva de una potencia que nos lanzaba y nos preservaba resistiendo, la contradicción del lenguaje admitido, de sus límites en el sentido, en la productividad de la poiesis, Alejandro se entregaba a trabajar sus lecturas de otros así como sus textos con una dedicación y unos tiempos que no son los de esta época de hiperexposición publicacionista, de narcisismo desesperado, de superproducción compensatoria, de atropellos corporativos y de obsesión mediática. Había en su actitud, y en parte de lo que podíamos hacer con las nuestras, una ritualidad que aseguraba una cierta dimensión sacra, pero secularizada, de la poesía y de su lugar entre nosotros. Esa dimensión contenía, por cierto, una significación política que en su momento las palabras no podían articular, pero sí decir desde el momento mismo de su enunciación. O en términos de un poema posterior de Alejandro: picotear conciencias.
Otros rituales, me parece, desde el título, un juego con el sentido duplicado y anfíbológico que se articula con la memoria de su segundo libro édito, Rituales, de 1984. La palabra “otros” designa a esos otros poemas nuevos que se suman a la naturaleza común de aquellos que ya estaban; pero también la palabra “otros” emerge en el sentido de que estos nuevos resultan diferentes de los rituales previos. Repetición y diferencia promueven sus tensiones no solo en el título sino en el conjunto de los textos que ofrecen yuxtaposición y continuidad entre las que en suma son las dos partes del libro.
La poesía de Alejandro posee, en un primer impacto, una impronta marcada de contemplación melancólica, incluso la palabra y sus sinonimias se reiteran intensamente, pero jamás se reducen a una suerte de folclore tanguero de la ciudad, lo que acarrearía el peligro de introducir el estereotipo. Su figura geométrica es el círculo, no solo el de la redondez intra y extrapoética de las mesas de mármol cuyas imágenes sabemos que evocan sus textos, al modo de pequeños mandalas conectados pero individuales, como islas, sino el de un eterno retorno del existir contorneado por la circunferencia que protege y somete la vida a un deslizamiento gris que se interna en lo oscuro, como en el poema “Cotidiano refugio”. Una de esas u otra mesa “navegando en la noche” se constituye en la primera imagen del libro, en el poema “Arte poética”; allí la nocturnidad crece en símbolos y a la vez cobija a los “queridos papeles”, que “en cajones/dormitan”. Esos papeles no son el olvido por parte del paso del tiempo y del poeta mismo, sino su decantación, pero también el destino en un cajón ante el desencanto de un mundo despoetizado por las ideologías dominantes del sistema social y su capítulo dictatorial. Estas son algunas de las notas claves de su poética, y, a la vez, no es inocente que dicha composición abra el libro, como si se tratara de una declaración de conceptos y de una estética, de una toma de partido que envuelve a la escritura, a su idea de poesía y al mundo que resulta de todas sus relaciones. Esa poética contiene diálogos poderosos que no vamos a enumerar, diálogos directos u oblicuos, afinidades que se advierten a veces fragmentariamente (Ezra Pound, T.S. Eliot, la evidencia de Juan L Ortiz, Puig, Macedo)
Una aclaración. Porque si es verdad que la poesía de Alejandro Michelena cuenta con la fuerza referencial del contexto dictatorial, sería un error fatal creer que esta es una determinante “en última instancia” de su mundo del texto. Su politicidad asume formas diversas y absorbe signos heterogéneos de la cultura del capital, los cuales siempre son capaces de conmover la subjetividad en sus planos más íntimos. Un capítulo aparte merece, y el lector sabrá de inmediato por qué, “Del exilio interior”.
En el poema “Miseria de la filosofía” el café vuelve a ser espacio, esta vez bajo la definida presencia de los intelectuales. Alejandro Michelena, que también lo ha sido y lo es, tanto como poeta, construye un texto fuerte con clara referencia a Marx (un estudio con el que Marx procura desmitificar el idealismo anarquista de Proudhon) y en el que el poema recurre a las isotopías encontradas entre lo que hablan los intelectuales y los golpes de la realidad. En cierta medida el mismo me recuerda al Vallejo de “Un hombre pasa con un pan al hombro…”. Transcribo dos pasajes del poema a modo de ejemplo:
Habrá que estructurar la nueva ética”
y el viejo hotel les muestra su negruzca
fachada (…)
Habrá que analizar todos los mitos”
y se sintieron gritos
en la esquina

un pálido poeta
voló unos cuantos metros
-levitando-
y aterrizó en la acera
de cabeza.


Esa realidad es la que empuja al poeta, en un sentido material, a partirse la cabeza en las baldosas. Es mediante esta construcción irónica –no obstante nunca cae Michelena en la mordacidad cruda- la que nos muestra, sin dejar de tomar distancia y de autorreferirse a un tiempo, la futilidad de los intelectuales, de la intelligentsia, en suma, si se quiere, de nuestras futilidades. La melancolía resurge en un poema como “Praxis”, en que el presumible romanticismo, o aun el simbolismo de los soles ponientes, los acordes crepusculares con toda su tonalidad –su música- declinatoria, aflora la realidad prosaica que informa el sentido de los versos, que se deja envolver en esa música para confirmarla y refutarla a la vez: los salarios impuntuales, las deudas impagas. La poesía contra la usura –como en Ezra Pound- y una sutil vigencia de cómo la brutalidad del capital impregna los latidos del corazón:
Por detrás de las meras
apariencias:
el lobo de la usura
como nunca pecando
contra natura.

sigue siendo entonces bien
certera
aquella vieja tesis:
que la base económica incide
en nuestros más selectos
sentimientos.


Son varias las zonas temáticas de la poesía de Michelena, y no podemos evitar detenernos en esa “tristeza” que protesta, dolor antropológico quizás, ante el tópico del tempus fugit, en la belleza de un poema como “El río”, desplegado desde evocaciones de la antigüedad clásica a “un joven rostro en foto que se añeja”, tema que vuelve de otro modo en “Multiplicación de la imagen”, con su triste ironía sobre el flujo del tiempo y la reverberación platónica de las ideas. O asimismo en el sutil y conceptual “Discrepancia con Heráclito”, cuyos dos versos finales (“es posible que nunca/los pájaros emigren?”) condensan la tensión entre la realidad y el deseo. Pero hay una energía que todo lo hilvana, que construye un estilo reconocible, sin estridencias de la sonoridad ni de la metáfora, con un ritmo de evoluciones controladas y que a la vez contienen el impulso de un impacto acumulado y en ocasiones en su cierre para los poemas. El amor y su huida, en sus avatares y en el tiempo que huye a la vez, todo a través de la mesura y el pudor para designar a su propia capital del dolor en esta poesía que sugiere el desgarro pero no lo traza: queda en su lugar ingrávido, como en el poema “Leve canción evocativa”, o en la otra evocación que culmina en las escaleras de una imaginación que ama en ejercicio por las calles de la ciudad, que elabora la figura de la amada en riguroso vuelo, que lo es asimismo de la imaginación.
(Presentación leída por el autor en Kalima, Montevideo, el 9 de mayo de 2016).

junio 12, 2016

Conversaciones en Do Mundo el viernes 17 en el CCE

civiles iletrados
invita a la presentación de


Conversaciones en Do Mundo
de Sonia Calcagno

Participación de Lilián Toledo y Gonzalo Paredes

Viernes 17 de junio, Hora 19:00
CCE Cafetería
Rincón 629


No exentos de ternura y siempre desamparados, los personajes de estos cuentos se permiten espacios de complicidad y solidaridad. El lenguaje, aparentemente sencillo, guarda profundidad, hurgando en la mente de los personajes con aguda percepción psicológica. En este ambiente onírico los sueños cobran un papel principal. Devienen en túnel o mujer dragón. La arquitectura de estos relatos es sólida, verosímil. Solidez en la polifonía que comparten personajes y paisajes.






Sonia Calcagno nació en 1948 en Progreso,  Canelones. Desde 1978 reside en  Colonia. Arquitecta y militante política, integra la Junta Electoral de Colonia y es Presidenta de la Departamental del Frente Amplio de Colonia. Desde mayo de 2015 Gestora del Sitio Colonia del Sacramento. Es madre de dos hijos, abuela de cuatro nietos.
Autora de dos libros de cuentos: Por ella morir, Arca, 1994 y Hotel Paris, Irrupciones Grupo Editor, 2012. En 2001 año recibió el Primer Premio del Interior en el concurso Cuentos de la Fundación Lolita Rubial por el cuento Bajo la lluvia.

abril 23, 2016

Sobre Otros Rituales, de Alejandro Michelena



 (Palabras leídas por Gonzalo Fonseca el viernes 21/04/2016 en la presentación del libro en Maldonado).

Hubo un tiempo gris y más que gris. Alejandro Michelena, un joven de unos 30 años, integra los colectivos Nexo, Destabanda y finalmente Cuadernos de Granaldea. En 1978, Libros de Granaldea publica Formas y Fórmulas. En plena dictadura, Alejandro cita a Lorca al comienzo, marca la cancha y señala a duendes que hacen burla en el alero con el alma asfixiada perdido en un navegar paciente de los lunes. Las formas de la vida transcurren en útero en la sombra, la soledad, la noche. Las fórmulas incitan a la voz en frecuencia modulada: en un radio escondido canta Joan Baez, como gracia de dios y a Neruda con un sabor potente de sal y estrellas. La prueba de que lates en el mundo se da en cada esquina, en un nuevo recodo, en la esperanza de una antigua casona para vivir, para cultivar huerta y amor y poesía, un perro Tom, un gato danzarín. Inquiere caminos certeros en milagro del otoño, la luz de la mañana entre los rituales de la muerte en la almohada, el gris ataúd del calabozo, el tanto frío del costado sur atlántico de América, esa triste ventana. Con textos de Formas y Fórmulas y de Triste ventana se publica en Suecia, en 1984, Rituales. Comienza con una cita implacable del poeta griego Cavafy: No hay tierra nueva, amigo mío, ni mar nuevo, pues la ciudad te seguirá, por las mismas calles andarás interminablemente.


Michelena aprisiona la simbología melancólica, las pérdidas, los amores esquineros, las jornadas rutinarias de ciudades portuarias en los laberintos del gris, la lluvia siempre igual, el café urbano, el país fantasma, la compleja representación de los Rituales en la vida propia y la del prójimo, las actitudes de búsqueda, de redescubrimiento, de ejecución persuadida de formas repetitivas de gestos, de actitudes, los ritos obsesivos, los ritos de interacción, los ritos establecidos. Así llegamos a Otros Rituales, el libro que presentan hoy los Civiles Iletrados. A través de este hilo director es que se presentan estos queridos papeles que en cajones dormitaban de Alejandro Michelena, inagotable narrador, ensayista, cronista, periodista cultural, el poeta indudable, como fue designado alguna vez. Como subterráneo conocedor, y a contramano del arbitrario olvido de la filosofía, pone en duda los principios políticos que se presentaron como verdad revelada, y los desglosa en clave de humor para entender los puntos específicos a la hora de pasar revista sobre lo que está haciendo el hombre aquí y ahora en el sobre abundamiento de datos que nos promete la realidad, Pensando en Groucho Marx, o reflexivamente, en un día más que gris de un gris otoño, en un bar obligatorio en un Eterno encuentro de Hegel y el profesor. O Ante un viejo tomo de El Capital Y revisando Con Usura de Ezra Pound, la Praxis concreta con salario impuntual y deudas impagas. Ya no hay dictadura, pero en el Gran café: en ese Incesante rincón - ciudad en la ciudad - donde se pierden ilusiones nunca destiladas dedica la memoria, el dolor Al igual que todo lo que late al caro privilegio de permanecer: Las llagas están los testimonios estas marcas imborrables por aquellos que no lo soportaron, por el hermano que desapareció en la noche y bruma. El Libro de Job, Virgilio, Horacio, o el mismo Lewis Carroll parecen estar y están presentes en Otros rituales, en las aguas de El Río, en el tiempo que huye, el tiempo que se escapa, el tiempo que vuela: Certera certidumbre en medio de las fiestas de Mecenas o navegando por el mare nostrum, así pasa (Sic Transit) la gloria del mundo. Entre amores lejanos, elogios de lo simple, dedicatorias (a la pequeña Mab, a la monja, a Juanele o a Manuel Álvarez Bravo) se cuela la eterna lluvia urbana, los cafés y los tangos, los bares y los gatos, el transcurrir de la vida, los recónditos altillos, las biromes y servilletas de Leo Masliah.





Tanto Heráclito como Parménides habían intentado dos caminos contrapuestos para conquistar el conocimiento de la realidad. El de Éfeso atendiendo a lo mudable, el de Elea a lo eterno e imperecedero. Alejandro Michelena, llanamente discrepa con Heráclito y toma partido:


Quedar
con esta misma vida
para siempre


beber el agua
del río conocido
acariciar los rostros
familiares


por una vez
y otra
y otra,
hasta que la rueda gigante
se detenga


y quizá
tal cosa no suceda
¿es posible que nunca
los pájaros emigren?

abril 18, 2016

Los libros de civiles iletrados están a la venta en




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