noviembre 07, 2012

civiles iletrados en la 10ª Feria del Libro de Maldonado


(stand de Editores Independientes)



 

Noche con posibilidades, Laura Wittner, 2011, poesía, PVP $ 260

Pájaro en el palo, antología personal, Horacio Fiebelkorn, 2011, poesía, PVP $ 240

Poeta en el Edén, Alfredo Fressia, 2012, poesía, PVP $ 260

Un mundo diferente, Elena Lafert, 2010, poesía, PVP $ 220

Genealogía del ocio, Leonardo Lesci, 2010, poesía, PVP $ 220

Poemas desde un peugot rojo y una carretera quieta, Fernández de Palleja, 2011, poesía, PVP $ 220

La frontera será como un tenue campo de manzanillas, Elder Silva, 2007, poesía, PVP $ 200

Sigiloso dinosaurio, Cecilia Ríos, 2011, relatos, PVP $ 220

Encrucijada de almas (un tríptico), Alfredo Fonticelli, 2000, narrativa, PVP $ 150

Midland, Enrique Bacci, 2002, poesía, PVP $ 150

Círculo de Sangre, Helena Corbellini, 2002, poesía, PVP $ 180

Vidrios, Alfredo Fonticelli, 2003, narrativa, PVP $ 150

Luz de cualquiera de los doce meses, Alvaro Ojeda, julio 2003, poesía, PVP $ 240

Botellas y sobremodos, Jorge Meretta, setiembre 2003, poesía, PVP $ 150

La hora violeta, Elena Lafert, noviembre 2003, poesía, PVP $ 150

Treinta y nueve poemas en medio de la calle rota, Margarita Cestaro, 1999, poesía, PVP $ 150

mayo 21, 2012

Fernández de Palleja en Kalima


El peugeot rojo se mueve a ritmos burocráticos y demora como cinco meses en llegar de Maldonado a Montevideo. Será presentado por su propio dueño en Kalima, antro sito en la intersección de las calles Jackson y Durazno, acompañado por un grupo de poetas que se encargarán de que la noche tenga un tono digno. Habrá ejemplares a disposición de los acaudalados asistentes al acontecimiento. Se ruega concurrir sin bañarse ni peinarse para no hacer sentir mal al autor, que se hará presente luego de una intensa jornada de trabajo y un viaje interdepartamental.

http://fernandezdepalleja.wordpress.com/2012/05/18/peugeot-rojo-se-presenta-en-montevideo-cuestionable-estado-consultar-dueno/

abril 28, 2012

Poesía con posibilidades: Laura Wittner publicada en Uruguay

Germán Machado
http://machadolens.wordpress.com/2012/04/19/poesia-con-posibilidades-laura-wittner-publicada-en-uruguay/

No suele suceder que en Uruguay se editen y se publiquen libros de poesía de autores argentinos. Recuerdo que en su momento, 1985, Ediciones de Uno publicó un libro de César Fernández Moreno: Introducción a César / 20 poemas, por lo que siempre le estaré agradecido a esa editorial, así como hoy le estoy agradecido a la editorial Civiles Iletrados, de Maldonado, por haber publicado una antología de la obra poética de Laura Wittner (Buenos Aires, Argentina, 1967) bajo el título: Noche con posibilidades.

Noche con posibilidades

«Noche con posibilidades», de Laura Wittner. Editorial Civiles Iletrados, Maldonado, Uruguay, 2011.

Este libro nos presenta la obra de una poeta que inició su andadura en los noventa y que en sus quince años de trayectoria lleva seis libros de poesía publicados: El pasillo del tren (Buenos Aires, Trompa de Falopo, 1996), Los cosacos (Buenos Aires, Ediciones del Diego, 1999), Las últimas mudanzas (Bahía Blanca, Vox, 2001), La tomadora de café (Bahía Blanca, Vox, 2005), Lluvias (Buenos Aires, Bajo la luna, 2009) y Balbuceos en una misma dirección (Buenos Aires, Gog y Magog, 2011). Pero además, este libro nos muestra, compendiada, un tipo de poesía que se cultivó en la otra orilla del Río de la Plata y que no tuvo mayores repercusiones en este lado del estuario.
Es cierto que internet nos da la posibilidad de leer lo que se hace en todo el mundo. Que las fronteras, entonces, no tendrían mayor peso en el trazado o la representación de los imaginarios poéticos vigentes. Pero sucede que la lectura en internet siempre es «hipervincular»: se salta de una página a otra sin lograr nunca una perspectiva clara del corpus de alguno de esos imaginarios. Eso es lo que pueden subsanar publicaciones como esta: mostrarnos el cuerpo de una obra, su desarrollo, su crecimiento, su evolución y también su coherencia.
Y así, en esta Noche con posibilidades, nos encontramos con un tipo de poesía, el de Laura Wittner, que se distancia de las estéticas neobarrocas de finales del siglo pasado, que también toma distancia de esa poesía «cloacalista» que hizo ruido a inicios de siglo, que asume una postura poética «objetivista», pero que hace todo eso desde una voz claramente identificable en su espacio y en su tiempo.
Un tipo de poesía que es coloquial en el uso del lenguaje pero sin desbarrar en lo chabacano.
Noche con posibilidades
Para todo habrá tiempo: para pedir cerveza
y que mientras él vaya al baño
yo encienda uno de sus cigarrillos
pero al sacarlo del atado otro más caiga
y se ponga a rodar
y cuando intente atraparlo llegue hasta
el charco que por algún motivo apareció
entre los vasos,
para que mientras considero
si dejar que el cigarrillo se seque
o hacerlo desaparecer
él vuelva del baño y descubra mi torpeza,
y así seguir enumerando
sin que ningún eslabón defina nada
sino que sólo implique – se produce
en muy raras ocasiones
este fenómeno, este diverso proceder
del tiempo:
ya no transcurre
cambió de dirección
cobra profundidad
se subdivide indefinidamente.
(p.42, en NCP, pertenece al libro: Las últimas mudanzas, Bahía Blanca, Vox, 2001)
Un tipo de poesía que es irónica, pero sin perderse en autorreferencias abúlicas. Que se distancia mediante procedimientos narrativos (y mediante un virtuoso uso del ritmo dado por la sintaxis y la puntuación) de cualquier efusión romántica, pero sin dejar de movilizar una lírica muy sugestiva, a menudo reforzada por una tersura fotográfica o cinematográfica.
Dentro de casa (7)
Toda una sorpresa
cuántas plantas florecen
o brotan en invierno.
Y de maneras no convencionales.
A una le sale un brote
en mitad de la hoja verde.
A primera vista parece bichada.
Hasta la más reacia, finalmente,
da una flor.
(p.50, en NCP, pertenece al libro: La tomadora de café, Bahía Blanca, Vox, 2005)
Una poesía que toma por referentes poéticos asuntos cotidianos, asuntos familiares o escenas del mundo de la vida, pero que remonta desde allí hacia una suerte de melancolía desencantada, que nos descentra como lectores (iba a escribir: espectadores), a la vez que procede a la desfetichización de los objetos tomados como asuntos del poema.
Huecos
Falta el vidrio
de la ventana del baño.
Un tablón de la persiana
se está por desprender.
Se me salió la corona
provisoria, y ya no paro
de creer que reconozco gente.
Todos los bares parecen estar llenos
de gente que conozco o conocí:
amigas de una amiga
vecinas de otra década
compañeros de estudio
que nunca saludé;
existirán, calculo,
unas diez caras
intercambiables en total.
Me siento a leer con
un lápiz y un pomelo triangulado
y estoy a punto de comerme el lápiz.
Hasta imagino el
sabor de la madera
y cómo cruje entre los dientes.
Mucho murmullo cruzado.
Lo de encontrar la luz es verso
o está en verso.
Como si todo esto no fuera
más que una ligera superficie
donde jugamos a danzar
–ratoncitos imantados–
y por debajo el vacío, seriamente,
se dedicara a desplegar sus pasadizos.
(p.89 en NCP, pertenece al libro: Lluvias, Buenos Aires, Bajo la luna, 2009)
Un tipo de poesía donde predomina el realismo característico de la narrativa de autores como Raymond Carver, pero que a su vez conecta con el «lúgubre esplendor» de un Kafka y con ese «humor judío» tan exquisito, como inquietante, propio de todo lo kafkiano.
te diré de qué estábamos hablando
me preguntaba
cómo podíamos mantener
una conversación tan tonta
toda la noche narrando
las proezas de la adolescencia
pero hoy al leer esta reseña
sobre una novela de Ridgway
de pronto lo comprendo
te diré
de qué estábamos hablando:
del amor en habitaciones
tomadas por asalto
del amor cálido y seguro
todavía lejos
de la primer descarga de tristeza.
(p.11 en NCP, pertenece al libro: El pasillo del tren, Buenos Aires, Trompa de Falopo, 1996)
Me pasa, a menudo, que me enfado con cierta poesía que, retorcida sobre sí misma, termina siendo una barrera para cualquier lector animado. En general, voy con cuidado cuando me acerco a la obra de autores de mi generación, pues suelo desanimarme con facilidad. La lectura de este libro, por el contrario, tuvo un efecto estimulante para mí y me ayudó a reconciliarme con la escritura de poetas que, nacidos por los mismos años que yo, vienen escribiendo una obra valiosa, a la que no siempre es fácil acceder desde esta orilla del Plata. El libro fue presentado en Montevideo y en Maldonado hace una semana. Y entonces, una vez dicho cuál es mi estado de ánimo, quiero terminar esta nota con un par de versos de Laura Wittner, y decir, casi esperanzado:
Así empieza un otoño;
así me gustaría que empezara.

abril 02, 2012

Laura Wittner
Horacio Fiebelkorn
en
Uruguay


Presentación en Uruguay de

Noche con Posibilidades
de Laura Wittner

Pájaro en el palo, antología personal
de Horacio Fiebelkorn
Editados en la colección Ojo de Rueda de civiles iletrados

Jueves 12 de abril, 20:30, Kalima (Durazno y Jackson, Montevideo)
Viernes 13 de abril, 20:30, Jazz Café (Ledesma y Acuña de Figueroa, Maldonado)

marzo 29, 2012

Sigiloso dinosaurio


Disponible en
MALDONADO
Libros del Duende
18 de Julio casi Florida
Libros LibrosSarandí y Florida

Jazz Café Ledesma casi Acuña de Figueroa

PUNTA DEL ESTE

El VirreyCalle 30 y Gorlero
MONTEVIDEO

Moebius
Sarandí 274
(entre Pérez Catellanos y Colón)

$ 220


Cecilia Ríos (1959)

Nació y vive en Montevideo. Integró el equipo de redacción de la revista “Cuadernos de Granaldea” (1980-1982). Es autora de las novelas "Todo nos sonreirá", "Un verano de Brenda" y "El tren a Montevideo". Ha participado en las antologías “Mujeres de mucha monta” (Arca,1992) y "Cuentos de boliche" (Arca, 1996). Otros cuentos han aparecido en revistas barriales, literarias y de
jardinería. Participó en los proyectos “Un solo país” (MEC y Casa de los Escritores del Uruguay, 2005) y “Taller de la Valija”, junto a Malí Guzmán (MEC, Fondos Concursables, 2010).


LAS FRONTERAS DE ELDER SILVA

Alfredo Fressia

El “Postfacio” de este libro de Elder Silva (Pueblo Lavalleja, Departamento de Salto, 1955) comparece bajo la forma de un poema, del argentino Jorge Spíndola, llamado “Poesía de fronteras”. En él Spíndola se pregunta “qué será ser un hombre de fronteras”, ya que “el poeta elder silva es un poeta de fronteras”. En el habla media del Uruguay “la frontera”, en singular, designa a la línea divisoria, a veces casi imaginaria, que separa a Uruguay del Brasil. Si no se siente que haya una “frontera”, en singular, que nos separe de la Argentina, es porque el primer deslinde que la idea de frontera establece es el de idiomas.
Y efectivamente, en la obra de Silva, la frontera comparece como un juego de idiomas. No son en absoluto idiomas que se enfrentan con hostilidad. Es más bien una especie de bilingüismo intrínseco, que enriquece la obra de varios poetas y narradores de Norte del país. Una de las seis Partes de este libro se llama justamente “Poemas brasileros” y está escrita en idioma portugués (con faltas ortográficas, pero no en “portuñol”). El bilingüismo es la primera información para responder a la pregunta “qué será ser un hombre de fronteras”.
Pero la poesía de Silva contiene otras respuestas. El cromatismo, vivo, cálido, de su poesía está en diálogo con ese Norte de colores intensos donde se sitúa la identidad del poeta (”Otra tarde en Bella Unión”, “De paso en Pueblo Lavalleja”). Silva es un poeta de “la frontera” porque también recupera y “tematiza” en su obra la belleza de la luz, esos cielos que parecen existir sólo sobre esa región de geografía delicada (“Tropero”, “El caballo de mi padre”).

FRONTERAS LIBRES

Otra “frontera” implícita en la obra de Silva es el collage de poetas, autores que se yuxtaponen en su obra, a modo de homenaje o de explícita creación de intertextos. También esto es “fronterizo”: superar las limitaciones nacionales, globalizar la creación del poema. Del nicaragüense José Coronel Urtecho al uruguayo Julio Herrera y Reissig, del colombiano José Asunción Silva a la chilena Violeta Parra o al italiano Cesare Pavese, los poetas mencionados, e integrados con libertad y desparpajo al discurso de Silva, vienen desde el premodernismo -aunque no excluyan a Li Po- y llegan a poetas contemporáneos que funcionan como identidades “paternas”, muy en particular el brasileño Ferreira Gullar y el uruguayo Washington Benavides (sin embargo tan incomparables entre sí). La frontera, que es un límite, se muta en un inopinado territorio de libertad, tal vez porque en ella las identidades mitigan sus contornos. Algo parecido ocurre en la obra de Silva, y paradójicamente es uno de los trámites que le dan más y mayor identidad a la firma Silva.
Se reencuentra en las fronteras, junto a la mencionada atenuación de características identitarias, la certidumbre de cierto desdén que los centros hegemónicos parecen exhibir hacia su periferias, inclusive las geográficas. Parece ser cierto que los estados nacionales se diluyen antes de llegar a sus fronteras y llegan allí sólo como presencia de errático control policíaco. Como Gullar, un nordestino afincado en Río de Janeiro, la poesía de Silva, creada en Montevideo, recupera la materia más pequeña y tantas veces humillada del mundo, que se sitúa aquí en “la frontera” con su fauna, su flora, y sobre todo sus seres humanos con un universo de valores, un “areté” de donde no se excluyen el alcohol, o el contrabando (por ejemplo, en el espléndido “Epitafio para Coco Soria, mi padre”).
Finalmente, el propio trámite de la poesía de Silva incluye el juego de límites, como líneas fronterizas. Por ejemplo, el extrañamiento entre lo local y lo universal, una sensación que se tiene, por ejemplo, cuando se aproximan los “scuds” que caen sobre Kabul o cerca de Islamabad y, entonces, ”es extraño que un gallo cante/ su canto limpio/ en la luz indecisa de este amanecer en Cambará” (“Un gallo”) El lector, ya seducido, concuerda: es muy extraño, en efecto. Ocurre también ese efecto de “extrañamiento” cuando se yuxtaponen imágenes (y no metáforas), a veces embriones de relatos, y se potencian por su misma aproximación anafórica (“En simultáneo”, por ejemplo).
Como varios poetas de su generación (Luis Pereira, Héctor Bardanca, Maca, Agamenón Castrillón), Silva une un gusto por la mirada ingenua, prístina, casi naïve, y esa gran sofisticación en la composición del poema. Las dos actitudes tienen sus riesgos. Es riesgoso incluir en el discurso del libro un acápite de Aníbal Sampayo cuyo tema es la comprobación de que la fauna y la flora del Norte desconocen las fronteras políticas. También es peligroso el exceso de cerebralidad en la construcción de ciertos poemas (“Reincidencia en la atierra”, “Vidas aparentes”).
PARA UNA PSICOCRÍTICA
Si se aplicara a la obra de Silva la “psicocrítica” de Charles Mauron (la de “De la metáforas obsesivas al mito personal”), surgiría “una superposición de metáforas obsesivas”, donde “cualquier texto puede servir de contexto asociativo a otro y cualquier lectura oye en un texto el eco de los otros”. Aparecería entonces el “mito personal”, el fantasma más frecuente, la imagen que resiste a la superposición de los poemas. El de Silva sería seguramente un sólido mito personal nítido y masculino, signado por el Padre (el padre biográfico y los padres literarios). La frontera, como toda rajadura, pertenece más bien a una órbita femenina y desobediente, y eso da una idea del desafío que significó como tema, y explica la pregunta tensa que parece atravesar todo el poemario y que desemboca en la del poema de “Postfacio” de Spíndola: “qué será ser un hombre de fronteras”.
Este libro ganó el premio de Poesía Luis Feria convocado por Universidad de La Laguna, Tenerife, España, donde fue publicado en 2003. La presente reedición agrega veinte nuevos poemas y la serie en idioma portugués. La obra de Silva incluye también Líneas de fuego, 1982, Cuadernos agrarios, 1985, Un viejo asunto con le sol, 1987, Fotonovela, Canción de perdedores, 1998, La cajera del Oxford y otros poemas de amor, 1999, Mal de ausencias, 2003.

LA FRONTERA SERÁ COMO UN TENUE CAMPO DE MANZANILLAS, de Elder Silva. Ed. civiles iletrados, Maldonado, 2006. 78 páginas.
El País Cultural, 1.02.08
www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/08/02/01/

Noticias de Colonia del Sacramento

Elena Lafert y Leonardo Lesci editados por civiles iletrados
Elder Silva


Recuerdo un sábado medio nublado del 2009, cuando entre el desorden de libros y copas del Café «La Pausa» se presentaba en sociedad un extraño y bello libro titulado «Munlanlaku. Ocho poetas miran a Bolivia», con ilustraciones del mítico Horacio Faedo (entre otros) y textos de un conjunto de creadores de Colonia entre los que figuraban Sebastián Rivero, Luis Carro, Elena Lafert y Leonardo Lesci. Justamente estos dos últimos autores acaban de ser editados por la revitalizada editora civiles ile-trados de Maldonado, en dos ediciones que fueron lanzadas casi en simultáneo en Montevideo y en Colonia del Sacramento.

No es casualidad
No es casualidad este doble lanzamiento desde el interior del país y más precisamente desde la ciudad que (aparentemente) fundaron los portugueses. Desde hace más de una década se viene procesando en esa ciudad un movimiento cultural importante, una sacudida literaria de interesantes dimensiones. La instalación del Centro Regional de Profesores y el rol destacado que ha jugado gente como Helena Corbellini (especialmente), Aldo Mazuchelli, Fernando Loustoneau, así como las lacazinas Dora y Raquel Nusspaumer ha germinado en un movimiento creador de singular vitalidad. Talleres literarios, grupos de escritura, revistas, bares temáticos (el caso de «Güear», un impecable espacio) y el sito web de los escritores colonienses que con equilibrio y sentido crítico administra Luis Carro, son ejemplo de esa escritura en movimiento. Ciclos de lecturas, presentaciones y eventos como el referido a Onetti dan cuenta asimismo de esta movida que recala en la capital departamental, así como en Nueva Helvecia, Carmelo, Rosario, Ombúes de Lavalle, Juan Lacaze, Nueva Palmira y Rosario como un caldo de cultivo de nuevas creaciones.
En ese marco entonces los libros de Lafert y Lesci.

Otros mundos
El tercer libro en solitario de Elena Lafert (*) plantea un difuso encuentro entre este mundo, «una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo» (Platón) y el ser viviente que ese mundo es en sí mismo. Así en «La morera», el primer poema de la serie, la poeta escribe: «soñé / con pájaros / no descansé / mis brazos / tendían cintas / hebras de fuego y plata/ alas azules / cortando el viento // trazaban líneas mis brazos / para escapar / volando // el / árbol / me capturó / en / la copa»
Lafert (Buenos Aires, 1949, coloniense desde 1991), que tiene un libro bilingüe editado en Canadá, es capaz de moverse con comodidad en ese mundo diferente que cobija sus poemas. Es como si un leve movimiento bastara para cambiarlo todo y abriera a los lectores esas nuevas realidades o irrealidades, según se mire.
En la segunda parte del texto «Desde más allá», son suficientes cuatro versos para ello: «por la misma senda llega la luna encabezando la noche / puede suceder cualquier cosa en esta hora / abro una puerta a lugares que ya no existen / no la volveré a cerrar».
Si bien el mundo del libro se abre a panoramas más amplios (viajes, miradas hacia asuntos globales como el calentamiento del planeta) cuesta no mencionar joyitas encontradas en el poemario como «Separación»: «la vereda blanca de azahares / separados del pomelo / cuerpos rotos pisoteados / perfume que persiste // vivo prisionera / de las distancias».

Un estreno
«Genealogía del ocio», el estreno como poeta del profesor de literatura Leonardo Lesci (Rosario, Colonia, 1981) es una plaqueta de veinticinco textos muy breves, y es según el propio autor «solo una parte, una hilera de poemas del Poema, una escena fragmentada, un botón de muestra»
Y en esos fragmentos que nos entrega el poeta rosarino, intenta dejar algunos datos para entender el origen del ocio, ese espacio de tiempo, ese tiempo de espacio que nos consume. O ese «espacio sedicioso de la tarde «que abraza al escritor y nos abraza a todos».
Si no, veamos esta bella «Crónica de domingo»: «me hastían domingos / de escarbadientes y vino / séptimos de / curva melancólica / domingos construidos / de sudor / revestidos de viejo follaje / cementerios semanales, /soledad de moscas / me consume su adiós de sutil muerte / me envuelve un domingo / eterno / al abrir los ojos junto al sol».

* «Un mundo diferente» de Elena Lafertt, civiles iletrados, 65 páginas; «Genealogía del ocio» de Leonardo Lesci, civiles iletrados, 72 páginas. 2010

Fernández de Palleja en la colección Fuera del Mapa de civiles iletrados





Disponible en
Jazz Café
Ledesma casi Acuña de Figueroa
Maldonado
PVP $ 220


Fernández de Palleja (Treinta y Tres, 1978)


Lleva la tercera parte de su vida en Maldonado, donde milita en las filas de la ANEP. Mientras fingía que estudiaba, fue uno de los integrantes de la revista M.A.T., que más tarde dio origen a Iscariote, revista literaria de la cual fue empleado estable. También publicó en La Letra Breve, revista de San José. La secuela de estas publicaciones es el Club de Catadores, un blog de reseñas de libros que se encuentra en la red (clubdecatadores.wordpress.com), donde también participa. Tiene su propio blog: www.fernandezdepalleja.wordpress.com
En 2010, obtuvo una mención en el concurso literario de la Intendencia de Montevideo gracias a los textos que integran la primera parte de este libro, que es el primero.

Sobre Equilibrios del Bosque, de Blanca Emmi

EQUILIBRIOS DEL BOSQUE, de Blanca Emmi. Civiles iletrados, 2006. Maldonado. 61 págs.

ESTE CUARTO poemario de la montevideana Blanca Emmi, prefaciado por el poeta William Johnston, exhibe tres partes: "Muebles", "Equilibrios del bosque" y "(Posdata)". Esta última se compone de un único poema, breve, que se puede transcribir aun perdiendo los juegos con el espacio blanco de la página: "Retuerzo las palabras.// Las degüello/ - desplumándolas- / con dolorosa fascinación// Las dejo abandonadas al olvido// Vuelvo a ellas con un puñado/ de albahaca.// Permanecen en el plato/ como un hierro tibio/ que no logra quitarme/ el hambre." El paralelo entre las palabras y el ave sobreentiende a la poesía y su íntima, artesanal preparación, las hierbas finas, fascinantes, y un hambre siempre insaciable, que lleva a los poetas a recomenzar después del vuelo de cada poema.
A caballo entre un Arte poética y un Ars vivendi, el poema funciona como un epílogo de los poemas aquí reunidos, signados por la imagen siempre precisa, la elegancia de la idea, el vuelo circular entre la alusión y la elusión, la vigilancia de la inteligencia. Si hubiera que elegir el elemento común a este "Bosque", ese elemento sería el aire (viento, ave, alas), también bajo la forma de la tradición oriental: la madera. Para comenzar, se trata del elemento de los "Muebles" que constituyen la primera parte del libro. Los muebles son el refugio, el ropaje de un yo que se reencuentra cada noche entre las sillas, el pupitre, y principalmente, ese "vórtice" que es la cama, ese mueble muelle, en los dos sentidos de "muelle", por su molicie, sin duda, pero también porque es la escollera desde donde se parte y donde "desembarcan" esos seres que nos rodean, "andan en puntas de pie" y a veces llamamos fantasmas.
Finalmente, si el bosque es un símbolo gigante del inconsciente, en estos poemas el dormir, el sueño, vale como entrada en esa especie de más allá cotidiano, de mínima contracara donde la lógica de cierta "realidad" se desvanece. La lógica de la poesía del excelente libro de Emmi, sin ser "onírica" ni adherir a cualquier automatismo de la escritura, es más bien nocturna, o cercana a los juegos imprevistos de luces y sombras, un arte hecho en tonos pastel y sutil.


Alfredo Fressia
El País Cultural, 25.01.08

Sobre "La Frontera..."

La voluntad de cantar y comunicar siempre estuvo presente en la poesía de Elder Silva, pero hoy es explícita desde el vamos: es comenzar el libro con una cita textual de Aníbal Sampayo, y atravesarlo con referencias encriptadas de Zitarrosa, Fernando Cabrera y Eduardo Darnauchans, que puntean, van jalonando cada ida y vuelta de Elder Silva a la frontera. Ida y vuelta simultáneo, porque en Elder , la frontera es un lugar de origen: no necesita moverse de Montevideo para escribir:
“Los jejenes esperan suspendidos sobre el agua.
El aire surge turbio en la copia en blanco y negro.”
Es el “paisaje Elder”, como suele llamarlo su compadre y editor y también poeta Luis Pereira: la siesta rural del primer aprendizaje, presente en todos sus libros, aunque aquí es, simplemente, “la frontera”. Otras señales de tránsito aparecen en la mención de algunas compañías literarias. Macedonio -la frontera de la lengua- y Edgar Lee Masters, frontera entre vivos y muertos. Spoon river se trastorna, cambia de nombre: ahora es Pueblo Lavalleja.
Allí, en la pantalla de la memoria, es donde la poética de la experiencia que propone Elder se vuelve más real, y el artificio urbano se torna innecesario.

“La luna ya salió por el lado de las anacahuitas
y ahora gasta sus hálitos de luz
en el lomo de los pedregales del camino.

En la frontera aparecen palabras como Arapey, Itacumbú, sabiá, espinillar, cambará, tarumanes, anacahuita, melgas, camellones, tajamares, espineros, ventoleras, chilcales, pandorgas. Palabras que difícilmente encuentren alojamiento en la lengua urbana, dominada por la chatura impersonal que imponen los códigos globales de la simulación. Música que Elder recupera desde un lugar en el que, como dice John Berger, no hay lugar para la representación de ningún “personaje”, ya que no hay distancia casi entre lo que se desconoce de una persona y lo que todo el mundo sabe de ella.

“Ropa extendida en el atardecer de marzo.
y por las calles amarillas del pueblo,
nubes de panaderos volando en remolinos.
Los niños de la frontera nos entretenemos
en atraparlos.”


El personaje urbano que Elder encarna en otros poemas, pícaro y algo canchero, pierde su ropaje: aquí no hay que esconderse. Sólo hay que dejarse invadir por la propia voz, y que ésta diga lo que tiene que decir, y cante lo que espera ser cantado.

¿Qué hay después de una estampida de garzas
en un bañado,
aquí a orillas del Cuaró?


¿Es que puede suceder milagro alguno
después de esa caída silenciosa
por el azul inmenso del cielo de aquí de
la frontera?


Horacio Fiebelkorn