enero 16, 2018

Alguien que prometió una casa (y) leer juntas todos los libros

Marisa Silva Schultze

Quiero contarles algo antes de empezar a hablar del libro de Claudia Magliano El corazón de las ciruelas.
Para mí ha sido muy gratificante que Claudia me propusiera presentar su libro. Presentar un libro es estar en el momento mismo en que sale hacia los otros aquello que fue escrito en los momentos de mayor intimidad. Presentar un libro es ser testigo de ese momento tan contradictorio. Los escritores queremos y deseamos este momento en que empieza la intemperie, este instante en que las palabras empiezan a rodar entre los otros y, al mismo tiempo, tememos esta intemperie, nos provoca cierto abismo que nuestras entrañables palabras anden por el mundo sin nosotras. Es un momento muy especial y me gusta ser testigo de esto.


Me sucedió que al sumergirme en El corazón de las ciruelas se suscitaron en mí un conjunto de pensamientos que quiero contarles antes de hablarles algunas cosas sobre el libro. Me preguntaba qué significa leer un libro de poesía en estos tiempos, en esta segunda década del siglo XXI. Pensaba: leer un libro de poesía es un gesto trasgresor, subversivo. Es que un libro de poesía no entretiene, leyéndolo no se puede consumir anécdotas; un libro de poesía no se acomoda a la lógica binaria de me gusta o no me gusta, no hay, tampoco,  enigma que una pueda perseguir página a página. En un libro de poesía no hay evento, esta palabra mágica que resume tantas cosas del presente. Leer un libro de poesía requiere de un silencio casi imposible, de una atmósfera y una intimidad que, en esta sociedad,  se construye solo a contramano. Leer un libro de poesía requiere, me parece a mí, de varias lecturas y transitar por algo dos o tres veces es lo opuesto al modo nómade y “picoteador” con que, en general, construimos nuestra vida cotidiana.
 Leer un libro de poesía, pensaba mientras leía una y otra vez  el Corazón de las ciruelas, requiere de una muy revolucionaria lentitud. Y no es una lentitud para entender racionalmente todo lo que escribe el poeta. Es una lentitud para disfrutar, para dejarse sorprender por la maravilla de una manera de decir, de un modo de unir dos cosas que nunca vimos unidas. Es una lentitud para dejarse arrastrar por la imaginación poética, para dejarse envolver en una atmósfera, para dejarse sumergir en  los ecos que esas palabras nos provocan a cada uno.
Leer un libro de poesía es, por todo esto, un gesto íntimo, un modo de estar con una misma.
También me preguntaba si un libro de poesía es un libro de ficción. Cuando leemos una novela los lectores estamos preparando a ingresar en un mundo inventado. Sin embargo, creo que hay ciertos malentendidos con los libros de poesía. Los poetas no son los seres humanos más extrovertidos del mundo: un libro de poesía no es un diario íntimo con forma de versos. Un libro de poesía es- y perdoneseme  la obviedad-  literatura.
Los poetas parten de sus vivencias y las trabajan como si las vivencias fueran materias prima que pueden transformar.  Por eso los| poemas no son la narración de la vida de los poetas. La poesía no es mera  autobiografía. Es algo muy difícil de construir y que no sé nombrar con otra palabra que ficción, literatura, creación.
Por todo esto los convoco a leer este libro de poesía que hoy presentamos. Los convoco a trasgredir y cuando lo lean verán qué imaginación poética hay en él, qué capacidad para crear que tiene Claudia con las palabras.
El primer verso de este libro de poesía es como la puerta de una casa: “Nos fuimos quitando la luz de los ojos”
Una puerta para entrar a una cierta oscuridad en la que algo se ha perdido. Nos fuimos quitando la luz de los ojos. Y yo, como lectora, imagino una luz que encandila, una luz que enceguece, una luz que no permite ver todo lo que estamos a punto de ver al comenzar a leer El corazón de las ciruelas. Es que para ver ciertas cosas se  necesita un tono tenue de sombra, una pausa de la luz, una tregua de tanta transparencia plana.
“Abrir los ojos- escribe Claudia- es un trabajo que lleva tiempo. Ver, lleva más tiempo todavía.” Este es un libro, me parece a mí, que fue escrito con los ojos abiertos.
Ese primer verso, como una puerta generosa, nos abre hacia algo, nos sumerge en una atmósfera. Una atmósfera que nos envuelve poema a poema, verso a verso. Construir y sostener una atmósfera en un libro de poesía es uno de los desafíos más difíciles para una escritora y es una de las razones que permite, precisamente, considerar que un libro de poesía  es un libro  y no  una suma de poesías.
Un verso como una puerta para entrar en un universo. Porque en este libro hay una construcción de un universo.



Me parece que hay poetas que construyen en cada libro un universo. No todos los poetas son así.  Algunos inventan un mundo y cada libro constituye un nuevo mapa de ese mundo.
Creo que Claudia es de la que construyen en cada libro un mundo. En su primer libro, en Nada, hay una voz lírica que da cuenta de sí misma, como si en ese proceso uno de los primeros pasos fuera nombrarse. En su segundo libro, en Res, la escritora diseña palabra a palabra una poderosa arquitectura para nombrar un paisaje que está afuera de ella misma. Escribe porque ha  mirado.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo poblado, un mundo  sin soledades que es habitado  por una enigmática y misteriosa primera persona del plural. ¿Quiénes son ellas? ¿Quiénes se esforzaban por no caer de los rieles? ¿Con quién compartió la poeta su deseo de escalar una montaña? Las poesías del Corazón de las ciruelas nos convocan a entender que lo que importa realmente no es entender, nada hay que nos permita descifrar este misterio y entonces, como lectores, lo aceptamos. Y vamos con ese consistente plural  de las iglesias al cine, del pan a los espejos, de los libros a las montañas, de los pájaros en las manos a los cuentos de la hora de la siesta.
Un mundo poblado en el que el yo solo se convierte en yo en la medida que puede ser nosotras y, desde ese plural, se puede encarar el riesgo y la maravilla de ser en el mundo.
En El corazón de las ciruelas la poeta inventa un mundo en el que sucede la vida. Por eso hay otros. Un mundo sin soledad: poemas que se escriben para dialogar con un tú o con muchos tú. Una segunda persona del singular que es convocada, recordada, interpelada y perdida.  Porque la materia prima de este universo es la pérdida. “No queda nada de aquello que fue tu casa. De aquello que fuimos queda el revés del olvido”. O quizás no, quizás la materia prima no sea la pérdida sino la posibilidad de la memoria. “Recordar es mejor que haber vivido.” “El recuerdo es mejor que la vida mientras se vive uno no se da cuenta“Esto es lo que pusimos en la memoria. Lo que va quedando del olvido”
Sucede la vida. Y allí donde había pan en el armario ahora hay restos de madera. Sucede la vida y por eso la muerte. “Toda tu muerte fue un escándalo al borde de la luz” Sucede la muerte y por eso, en este mundo de El corazón de las ciruelas, aparece con tanta fuerza lo religioso, el misterio erótico de lo religioso: las  misas, el casamiento por iglesia, la ofrenda de la gallina, los milagros, la parroquia, la música religiosa. Un mundo poblado: objetos, animales, seres cercanos y también poblado por dios “tener cinco o seis o siete años y pensar en dios como en un animal embalsamado” “ ah, yo quería escuchar la música (…) como si dios pudiera de pronto moverse y posar su mano sobre mis piernas” ” el corazón de los hombres es una pesada carga para los dioses”  Y se va construyendo, entonces, un espacio donde el yo pequeño intuye el misterio, lo sagrado, el poder, el miedo a ese poder y su deseo. Hay una intuición de que hay algo allí vinculado a lo más íntimo. Por momentos, terrible. Por momentos, casi místico.
Un  mundo de sonoridades: el canto de los pájaros a la hora de la siesta, el sonido del agua o del río, la madera que se quiebra, la música sagrada.  Sonoridades que no son el fondo sonoro de un paisaje sino el paisaje mismo de cierta espiritualidad: “Solo la música puede imitar la propiedad del agua/ eso es, meterse entre todas las cosas
Un mundo en el que una niña juega. Los juegos infantiles como anticipo de la creación, como poesías hechas sin saberlo y sin papel a la hora de la siesta, esa hora en la que “no había secretos”. “Una tarde jugábamos a ver el  mar. Otra hacíamos de cuenta que éramos repartidores de leche.” O todo ese maravilloso poema que termina diciendo “Cuando acabe la siesta ya estaremos  mar adentro rumbo al sur en una barca de madera” (página 67)
Un mundo en el que hubo una niña y hubo una madre y hubo un padre y, especialmente, hubo un alguien que prometió una casa, leer juntas todos los libros y vivir adentro de la nieve. Un tú que seguramente son muchos tú. No lo sabemos ni lo tenemos por qué saber.  Una otra con quien se dialoga. Un libro de poesía, también, para conversar con los muertos. Tal vez el lenguaje poético sea el único capaz de construir un puente de palabras con ese ser cercano que estuvo y no está. Pero, también, se busca con ese lenguaje poético  encontrarse con aquella niña que antes de escribir poesía soñaba con “una montaña altísima, con una casa  levemente inclinada en la ladera”. Siento que este libro es como “una casa en la cima”. Escribe Claudia: “en las montañas está la salvación” “En la montaña siempre hay un lugar donde esconderse
Si aquel primer verso fue una puerta para entrar a este universo yo elijo otro-verso- puerta para terminar mi lectura, un verso que siento que sintetiza el sentido de haber escrito este libro: “Ahora no hay silencio/ ni huellas del silencio siquiera. Hay gritos como aullidos de animales en celo.”
Y quiero terminar leyendo un poema, un poema sobre la creación, sobre el arte.

Todavía no habíamos aprendido a escribir
y las baldosas de la cocina eran un lienzo
donde la tiza resbalaba suavemente haciendo líneas y círculos que no significaban nada.
Todavía nada estaba dicho. Ni siquiera la palabra bosque o la palabra madre o la palabra nieve que era fría al contacto con los ojos.
Las baldosas eran un lienzo perfecto, una llanura extendida bajo la palma de mi mano.
Yo era un poco dios
por haberlo inventado todo
pero no habíamos aprendido a escribir.
Ninguna letra ningún número
nada que remitiera a otras cosas menos delicadas que esas líneas blancas sobre el lienzo gris de la cocina.
A veces el humo traía señales:
marcas de agua sobre las ollas
el sonido de la carne
el crujido del pan quebrándose.
La gracia estaba en esperar que alguien entrara pisando las líneas y borrara para siempre esas palabras.

 Ahora sí algo ha sido dicho, ahora sí se ha aprendido a escribir y ya nadie podrá borrar estas palabras que están en el libro, ahora estas palabras se podrán recrear, cada uno de nosotros podrá leer en ellas lo que quiera, pero ya no se pueden borrar. Eso es un libro de poesía  y esto es lo que hoy celebramos.



 (Palabras de Marisa Silva Schultze el día de la presentación de El corazón de las ciruelas, sábado 18 de noviembre de 2017, Librería Moebius, Montevideo)

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